A pesar de los enormes esfuerzos presupuestales desplegados por los gobiernos mexicanos durante las últimas cuatro décadas, la pobreza, la desigualdad y la concentración de la riqueza continúan siendo problemas estructurales de nuestra sociedad. Hace algunas semanas compartí con ustedes los datos de Oxfam 2025, que daban cuenta, sobre todo, de la creciente concentración de la riqueza. Más recientemente, el Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY) publicó una serie de cifras que permiten observar el mismo problema desde otra perspectiva: la movilidad social.

El debate no es menor. ¿Qué posibilidades tiene una persona que nace en una familia de bajos ingresos de mejorar sustancialmente su nivel de vida? La respuesta que ofrecen los datos es poco alentadora: México es una de las sociedades con menor movilidad social, donde el origen familiar sigue determinando, en buena medida, el destino de las personas.

De acuerdo con la serie Movilidad social en México, cerca del 60 por ciento de quienes nacen en el quintil más alto de bienestar económico permanecen en él durante toda su vida. En los países nórdicos, esa proporción ronda apenas el 35 por ciento. En el extremo contrario, de cada cien mexicanos que nacen en el quintil más pobre, solamente cuatro logran llegar al más alto. En los países nórdicos lo consiguen doce y en Estados Unidos, ocho. Los estudios comparados que recoge el propio CEEY ubican a México como el segundo país con menor movilidad social entre las dieciséis naciones latinoamericanas analizadas.

Dicho de manera sencilla: en México, el lugar donde se nace sigue pesando más de lo que debería sobre el lugar al que se puede llegar.

Las causas identificadas por los investigadores merecen nuestra atención. La primera es educativa. La riqueza y el nivel de escolaridad de los padres influyen desde los primeros años en el desempeño académico de los hijos y, posteriormente, en su nivel educativo y sus ingresos durante la vida adulta. Así, el ciclo de la desigualdad comienza desde la infancia y se reproduce mucho antes de que una persona tenga siquiera la posibilidad de incorporarse al mercado laboral.

La segunda se encuentra precisamente en ese mercado laboral. En las zonas urbanas del país, uno de cada dos mexicanos consigue empleo a través de un familiar o un conocido. Las redes personales terminan sustituyendo, con demasiada frecuencia, a las capacidades y al mérito, particularmente entre quienes cuentan con menores niveles de escolaridad y, por tanto, enfrentan mayores dificultades para romper con las condiciones de origen.

La tercera causa es territorial. Quienes nacen y crecen en comunidades rurales enfrentan obstáculos adicionales: deserción escolar, trabajo infantil, aislamiento y menores oportunidades de empleo. Para ellos, ascender en la escala social no depende únicamente del esfuerzo individual, sino de superar barreras que muchas veces se encuentran fuera de su alcance.

La conclusión es tan sobria como contundente: la pobreza en México no es solamente una condición económica; también es un proceso que puede heredarse y reproducirse entre generaciones.Esto no significa desconocer los avances que el país ha conseguido. México tiene hoy menos carencias que hace tres generaciones y existen millones de personas que han mejorado sus condiciones de vida. El problema es que ese avance no ha sido suficiente y, sobre todo, no ha significado que las oportunidades se distribuyan de manera equitativa.

Ahí se encuentra uno de los grandes desafíos de la política pública. No basta con transferir ingresos para aliviar las consecuencias de la pobreza. Es necesario modificar las condiciones que permiten que ésta se reproduzca. Una educación de calidad que compense las desventajas de origen, mercados laborales que premien las capacidades y no los contactos, y políticas que reduzcan las brechas territoriales son indispensables para construir una sociedad donde el futuro de una persona dependa menos de su apellido, su código postal o la situación económica de su familia.

Porque mientras el origen siga determinando el destino, la movilidad social será más una excepción que una posibilidad. Y mientras eso ocurra, seguiremos midiendo la pobreza cada sexenio para encontrar cifras distintas que, en el fondo, nos siguen contando la misma historia.

Síguenos en nuestras redes sociales:

Instagram: , Facebook: y X:

Google News

TEMAS RELACIONADOS