No hablamos del mítico mago galés de la Edad Media con grandes poderes, capaz de transformarse y predecir el futuro; no, nos referimos a un pato arrabalero de dos años de edad que camina las calles del centro de la Ciudad de México y que acompaña a sus dueños vendiendo agua y refrescos los fines de semana para sobrevivir.
Quienes viven, comercian o caminan frecuentemente por la avenida Juárez, la Alameda y los alrededores del Palacio de Bellas Artes ya lo conocen e incluso no falta quien le regala calcetines para que los use y no se lastime al caminar detrás de sus dueños: la señora Carla Gómez y su hijo Cristian.
Como buen arrabalero, Merlín ha tenido que aprender poco a poco a convivir con el ruido de los automóviles, autobuses y motocicletas, pero sobre todo, a defenderse a picotazos no de los humanos, sino de los perros y gatos cuando pretenden agredirlo; como se tiene que hacer en el barrio.
En cuestión de pocos días y sin quererlo, el pato mundialista se ha convertido en una figura popular del Mundial de fútbol en México a grado tal que pocos se acuerdan de Zayu el jaguar mascota, y en el mundo por ahora, se habla más del pato que del tricolor.
Lo viral de este pato vago, no solo es por su simpatía o curiosidad al verlo con la playera verde puesta, también es por el lugar al que pertenecen él y la familia que lo mantiene y lo cuida, que es el mundo de los marginados, de los pobres, de los no asalariados, de los que luchan día a día en las calles de México para tener que comer y poder estudiar si bien les va; de la madre y del hijo con su pato-nieto que tienen que salir a buscar el sustento.
Merlín ha desplazado a Zayu, porque este último salió de la computadora en un estudio a petición de los organizadores del mundial, de los dueños del balón, de la burocracia futbolera; de los que poco a poco van alejando al pueblo de los estadios y de la televisión con sus plataformas de paga y por el alto costo de los boletos para ver jugar a los equipos y selecciones; Merlín es hijo de la necesidad y del pueblo.
Contrariamente al éxito popular que tuvo Juanito 70, la mascota del primer mundial que organizó nuestro país y que representaba al mexicano alegre y hospitalario, aunque también sin duda influyó el ser la primera mascota con rostro humano de un mundial de fútbol; o el Piqué, la mascota del Mundial México 86, un chile con bigote y sombrero de charro que sintetizaba un elemento muy particular de nuestra identidad.
Ante la ausencia de un ídolo futbolístico con el que actualmente nos identifiquemos, Merlín ha venido a ocupar ese espacio, a reserva de lo que digan en la cancha nuestros seleccionados que a juzgar por su historia y por lo visto, Raúl Jiménez y Julián Quiñones pueden ser los elegidos.
Raúl por sus goles, pero sobre todo por su historia de recuperación y superación después de la grave lesión que sufrió, un sobreviviente del fútbol que con tenacidad se mantiene jugando en Europa al más alto nivel; un esfuerzo similar al realizado por millones de mexicanos en distintas áreas y actividades cotidianas.
En el caso de Julián Quiñones, el México-Colombiano que por decisión propia eligió vestir nuestra playera y no la amarilla de su país de origen, marca el esfuerzo y convicción para destacar, para sacar a su familia de la pobreza en la que vivía antes de ser un futbolista profesional, sus goles en la Liga Árabe, pero sobre todo, sus ganas de ayudar a México y a los suyos, lo puede poner en la antesala de ser un ídolo para los mexicanos.
En resumen, el impacto del pato Merlín es un buen ejemplo de que el fútbol no es solo pegarle y correr tras un balón, también es un reflejo de la situación social y económica de un país, e incluso del mundo entero, porque quién nos puede negar que la primera gran derrota de la mercadotecnia y la Inteligencia Artificial ha sido el surgimiento popular de Merlín, el pato futbolero.

























