La Ciudad de México dejó hace décadas de caber en la Ciudad de México. Primero cruzó al Estado de México; después alcanzó Hidalgo y ahora toca Morelos. El mapa aprobado este 3 de agosto por el Consejo de Desarrollo Metropolitano del Valle de México no crea una nueva realidad: simplemente reconoce una que millones de personas viven todos los días.
La nueva delimitación oficial incorpora 84 demarcaciones: las 16 alcaldías de la capital, 59 municipios mexiquenses, ocho hidalguenses y, por primera vez, Huitzilac, Morelos. Es el más reciente capítulo de una historia de expansión que comenzó hace casi tres décadas.
La primera delimitación oficial quedó plasmada en el Programa de Ordenación de la Zona Metropolitana del Valle de México, publicado en 1999. Entonces la metrópoli estaba integrada por 75 demarcaciones: las 16 delegaciones del entonces Distrito Federal, 58 municipios mexiquenses y uno de Hidalgo. En 2006, los gobiernos federal, capitalino y mexiquense formalizaron la Declaratoria de la Zona Metropolitana, y en 2015 un grupo interinstitucional actualizó los criterios de delimitación conforme al crecimiento urbano. La incorporación de Hidalgo y ahora de Morelos responde a una lógica simple: donde la ciudad ya llegó, la planeación también debe hacerlo.
La actualización no es sólo cartografía. También inaugura una nueva etapa institucional. La agenda acordada contempla un Programa de Ordenación Metropolitano, un reglamento para el Consejo de Desarrollo Metropolitano, un Consejo Consultivo ciudadano, proyectos estratégicos comunes y una futura Ley de Coordinación Metropolitana. Entre las prioridades aparecen el agua, la movilidad, la protección ambiental, el ordenamiento territorial y la infraestructura regional, además de proyectos integrales como las ciudades esponja, orientado a fortalecer la gestión hídrica.
El reto es monumental. La ZMVM concentra alrededor de 22 millones de habitantes, una de las mayores concentraciones urbanas del planeta. Cada día millones cruzan fronteras estatales para trabajar, estudiar o recibir atención médica, mientras el tráfico, la escasez de agua, la contaminación, la pérdida de suelo de conservación y la expansión desordenada ignoran los límites políticos.
La historia, sin embargo, obliga a la prudencia. Durante años se acumularon diagnósticos, programas y convenios que rara vez sobrevivieron a los cambios de gobierno. La metrópoli ha sido mejor para producir documentos que políticas compartidas.
La diferencia ahora no estará en el nuevo mapa, sino en la capacidad de los cuatro gobiernos estatales y todos los locales para convertir acuerdos en obras, presupuestos y decisiones comunes. Porque una megalópolis no se gobierna con buenas intenciones. Se gobierna entendiendo que el agua, el aire, el transporte y la seguridad ya dejaron de pertenecer a una sola ciudad y que, si la coordinación vuelve a quedarse en el papel, el tamaño de la metrópoli será también el tamaño del fracaso.
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