Cada 18 de septiembre se conmemora el Día Internacional de la Igualdad Salarial, una fecha que nos recuerda algo que debería ser evidente: a trabajo de igual valor debe corresponder una remuneración igual. No es un privilegio, es un derecho.
Las Naciones Unidas estiman que, a nivel mundial, las mujeres reciben aproximadamente 20% menos ingresos que los hombres. La OIT, con datos más recientes, sitúa la diferencia global en alrededor de 18%. Detrás de estas cifras existen desigualdades históricas: segregación ocupacional, discriminación, menor acceso a puestos de decisión y, especialmente, una distribución desigual del trabajo de cuidados.
¿Y qué ocurre en México?
La ENIGH 2024 de INEGI muestra que el ingreso monetario promedio trimestral de los hombres fue de 36,047 pesos, mientras que para las mujeres fue de 23,714 pesos. Es una diferencia que no podemos mirar únicamente como números: significa menos capacidad de ahorro, menor posibilidad de invertir, menor autonomía y, en muchos casos, mayor dependencia económica.
Pero hay otra cuenta que casi nunca aparece en la nómina: la cuenta de los cuidados.
En 2024, las mujeres mexicanas dedicaron 39.7 horas semanales al trabajo doméstico, de cuidados y voluntario, frente a 18.2 horas de los hombres. Son 21.5 horas más cada semana. Además, el valor económico de ese trabajo no remunerado alcanzó aproximadamente 8 billones de pesos, equivalentes al 23.9% del PIB mexicano. En promedio, cada mujer aportó al bienestar de su hogar el equivalente a 82,339 pesos anuales mediante este trabajo.
Cuidar, educar, preparar alimentos, acompañar a una persona enferma, llevar a los hijos a la escuela, atender a nuestros padres, organizar la casa y sostener emocionalmente a una familia también es trabajo. Durante demasiado tiempo se ha considerado una responsabilidad "natural" de las mujeres, cuando en realidad tiene un enorme valor social y económico.
Y hay otra paradoja: mientras sostenemos a todos, también necesitamos invertir en nosotras.
INEGI identifica dentro del gasto de los hogares rubros como cuidados personales, vestido, salud, educación y recreación. En 2024, los cuidados personales representaron 7.8% del gasto monetario corriente de los hogares, mientras que salud representó 3.4%.
No existe una cifra oficial que permita afirmar cuánto gasta "cada mujer" específicamente en salud mental, bienestar emocional o autocuidado. Y es importante decirlo así para no convertir una estimación en una estadística. Pero sí sabemos algo: cuidarnos cuesta tiempo y dinero.
Ir al médico, acudir a terapia, hacer ejercicio, comprar medicamentos, cuidar nuestra alimentación, descansar, arreglarnos, capacitarnos o simplemente disponer de unas horas para nosotras también forma parte de nuestro bienestar.
Por eso hablar de igualdad salarial también es hablar de autonomía económica.
Una mujer que tiene ingresos propios puede decidir. Puede ahorrar. Puede emprender. Puede invertir en su educación. Puede cuidar su salud. Puede salir de una relación violenta. Puede construir un patrimonio. Puede elegir.
La igualdad salarial no significa únicamente recibir el mismo sueldo. Significa tener las mismas oportunidades para construir nuestra vida económica.
Hoy necesitamos que las empresas revisen sus estructuras salariales, que existan mecanismos de transparencia, que se reconocen el trabajo de cuidados y que hombres y mujeres compartamos esta responsabilidad.
Pero también necesitamos algo más íntimo: dejar de sentir culpa por invertir en nosotras.
Durante generaciones las mujeres hemos invertido nuestro tiempo, nuestra energía y nuestra vida en cuidar a los demás.
Que nadie tenga que elegir entre cuidar a su familia y construir su propio futuro. Que trabajar, cuidar y prosperar no sean caminos incompatibles.
La igualdad salarial no es solamente una cuestión de dinero.
Es una cuestión de derechos, dignidad y libertad.
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