Criar, trabajar y vivir con dignidad: una cuestión de derechos humanos
Hay cifras que deberían hacernos detener. No solamente para conocer una realidad económica, sino para preguntarnos qué hay detrás de ella y, sobre todo, qué estamos haciendo como sociedad para transformarla.
La CONDUSEF señala que el 42% de las mujeres en México vive con un nivel alto de estrés financiero, frente al 31% de los hombres. El 62% afirma que nunca le sobra dinero al finalizar el mes y las mujeres representan el 57% de quienes perciben hasta un salario mínimo. Además, 55% de los gastos del hogar recaen en ellas.
Podríamos leer estos datos como simples estadísticas. Pero detrás de cada porcentaje hay una mujer que quizá trabaja, emprende, cría, cuida, administra y, al mismo tiempo, intenta llegar a fin de mes.
Y aquí es donde esta conversación deja de ser únicamente económica para convertirse en una conversación de derechos humanos.
La igualdad entre mujeres y hombres no significa solamente que ambos tengamos los mismos derechos escritos en una ley. Significa que podamos ejercerlos realmente: acceder a oportunidades, trabajar, decidir sobre nuestros recursos, participar en la vida económica y desarrollar nuestros proyectos personales y profesionales en condiciones de igualdad. Así lo plantea la CNDH al abordar la igualdad sustantiva.
Entonces vale la pena preguntarnos: ¿qué tan libre puede ser una mujer que no tiene autonomía económica?
¿Y qué tan igualitaria es una sociedad que espera que ella trabaje como si no tuviera responsabilidades familiares, pero que al mismo tiempo cuide como si no tuviera trabajo?
Durante años hemos construido una idea peligrosa: la mujer que puede con todo.
La madre que trabaja y después llega a casa a preparar alimentos, revisar tareas, organizar uniformes, llevar a los hijos al médico, pagar servicios y resolver cada pequeño detalle de la vida familiar.
La profesionista que posterga una promoción porque el horario laboral es incompatible con la crianza.
La emprendedora que eligió trabajar por su cuenta para tener flexibilidad, pero termina trabajando de madrugada porque durante el día cuida a sus hijos.
Y todavía tenemos el valor de decirles: "qué fuerte eres, puedes con todo".
Quizá deberíamos dejar de admirar la capacidad de las mujeres para soportar cargas desiguales y empezar a cuestionar por qué esas cargas siguen distribuyéndose de esa manera.
La importancia de la corresponsabilidad en el trabajo y la vida personal y familiar, así como de redistribuir las tareas de cuidado.
Cuidar también es trabajo.
Una mujer dedica horas al cuidado de sus hijos, de una persona enferma o de su familia, esas horas tienen valor, aunque no aparezcan en un recibo de nómina.
Aquí también está involucrada la crianza.
¿Qué estamos enseñando a nuestras hijas cuando les decimos que pueden alcanzar cualquier sueño, pero en casa observan que mamá es quien cocina, limpia, organiza, cuida y además trabaja?
¿Y qué estamos enseñando a nuestros hijos cuando nunca les pedimos participar en esas responsabilidades?
La igualdad también se aprende en casa.
Enseñar a una niña a manejar su dinero, emprender, negociar, ahorrar y conocer sus derechos es darle herramientas para construir autonomía. Enseñar a un niño que cuidar, cocinar, limpiar y acompañar a sus hijos no son “ayudas” sino responsabilidades compartidas, también es educarlo en derechos humanos.
Porque los derechos humanos comienzan mucho antes de llegar a un tribunal o a una institución: comienzan en la manera en que tratamos a las personas dentro de nuestro propio hogar.
Una mujer no debería tener que elegir entre ser una buena madre y una buena profesionista.
No debería sentirse culpable por querer ganar dinero, estudiar, emprender o aspirar a un cargo.
No debería ser considerada egoísta por reservar tiempo para ella.
Y tampoco deberíamos educar a nuestras hijas para convertirse en mujeres que sobreviven al cansancio, sino en mujeres que sepan que merecen vivir con dignidad, libertad, igualdad y autonomía.
Tal vez la pregunta que debemos hacernos no es cuánto puede soportar una mujer.
La pregunta es:
¿Qué estamos haciendo para que ya no tenga que soportarlo todo?
Porque la verdadera igualdad no consiste en pedirle a las mujeres que sean más fuertes.
Consiste en construir una sociedad donde no tengan que ser fuertes todo el tiempo para poder vivir sus derechos.
Y quizá ahí comienza la verdadera alquimia: transformar la culpa en corresponsabilidad, el cansancio en conciencia y la desigualdad en una oportunidad para cambiar la manera en que criamos a las nuevas generaciones.
Criar también es construir derechos.
Trabajar también es construir libertad.
Y vivir sin tener que elegir entre una cosa y otra debería ser parte de una vida digna.
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