Cada tercer domingo de junio se llenan las redes sociales de fotografías, felicitaciones y mensajes dedicados a quienes ejercen la paternidad. Celebramos a los padres amorosos, presentes y comprometidos. Sin embargo, esta fecha también debe convertirse en una oportunidad para reflexionar sobre el tipo de hombres y padres que nuestra sociedad necesita.
Durante décadas, el machismo enseñó a muchos hombres que la sensibilidad era una debilidad; que llorar era cosa de mujeres; que la autoridad debía imponerse mediante el miedo; que proveer económicamente era suficiente para cumplir con el papel de padre; y que el control sobre la pareja y la familia era una expresión natural de la masculinidad.
Hoy sabemos que nada de eso construye hogares sanos.
La verdadera fortaleza masculina no se mide por la capacidad de dominar, sino por la capacidad de amar, escuchar, acompañar y hacerse responsible de las propias emociones. Ser padre implica mucho más que cumplir con obligaciones económicas. Significa estar presente, sostener la mano de los hijos en sus momentos de incertidumbre, asistir a sus festivales escolares, conocer sus miedos, celebrar sus logros y convertirse en un referente de respeto y ternura.
Hablar de nuevas masculinidades no es una moda ni una amenaza para los hombres. Es una invitación a liberarse de mandatos que también les han hecho daño. Muchos crecieron escuchando frases como "los hombres no lloran", "aguántate", "no seas débil". Como consecuencia, generaciones enteras aprendieron a reprimir emociones, a resolver conflictos mediante la agresividad y a interpretar la vulnerabilidad como un fracaso.
Pero la sensibilidad no resta hombría; La Humaniza.
En este contexto, resulta indispensable hablar de una de las formas más crueles de violencia: la violencia vicaria. Esta ocurre cuando los hijos e hijas son utilizados como instrumentos para dañar emocionalmente a la madre. Impedir convivencias, manipular afectos, hablar mal de ella frente a los menores, amenazar con quitarlos o utilizarlos como moneda de cambio durante conflictos de pareja son expresiones que dejan profundas heridas en la infancia.
Ningún desacuerdo entre adultos justifica convertir a los hijos en campo de batalla.
El vínculo amoroso entre una pareja puede terminar. El matrimonio puede concluir. Las diferencias pueden ser irreconciliables. Sin embargo, la responsabilidad de criar con respeto permanece para toda la vida. Aunque ya no exista una relación sentimental, la madre de tus hijos seguirá siendo una figura fundamental en su historia. La manera en que hablas de ella, el respeto que le brindas y la capacidad que tengas para construir acuerdos influirán directamente en el bienestar emocional de tus hijos.
Ellos observan todo.
Aprenden del ejemplo más que de los discursos. Aprenden cómo resolver conflictos, cómo amar, cómo pedir perdón y cómo respetar a los demás. Si crecen viendo violencia, humillaciones o desprecio, corremos el riesgo de perpetuar ciclos que después intentamos corregir desde otros espacios.
Por eso, respetar a la madre de tus hijos no es un favor hacia ella; es un acto de amor y responsabilidad hacia ellos.
También es importante reconocer otras formas de violencia que suelen normalizarse dentro de las relaciones: el control económico, el aislamiento emocional, la descalificación constante, los celos disfrazados de amor y la administración del miedo como mecanismo de poder. No es amor revisar cada movimiento de la pareja, decidir unilateralmente sobre el dinero, amenazar con abandonar responsabilidades o limitar la autonomía del otro.
El amor no controla. El amor acompaña.
Muchas mujeres han alzado la voz para nombrar aquello que durante años permaneció oculto. Y es importante decirlo con claridad: basta de machismo. No somos mujeres rebeldes por exigir respeto, igualdad y una vida libre de violencia. No somos exageradas por denunciar abusos o señalar injusticias. Simplemente estamos haciendo valer nuestros derechos humanos.
Los derechos de las mujeres no representan una pérdida para los hombres. Por el contrario, ofrecen la posibilidad de construir relaciones más sanas, hijos emocionalmente seguros y familias donde la dignidad de todas las personas sea respetada.
Este Día del Padre celebremos a quienes rompen estereotipos y deciden criar desde la empatía. A quienes pagan una pensión sin necesidad de juicios interminables porque entienden que sostener económicamente a sus hijos es una obligación ética y legal. A quienes comparten tareas de cuidado. A quienes preguntan cómo estuvo el día de sus hijos y escuchan realmente la respuesta. A quienes saben pedir disculpas cuando se equivocan. A quienes entienden que educar no es gritar ni golpear.
Sean los mejores padres del mundo.
Y recuerden que el regalo más valioso que pueden ofrecer a sus hijos no es el más costoso ni el más sofisticado. Es su tiempo. Es la presencia constante. Es el abrazo oportuno. Es la palabra que alienta. Es la seguridad de saber que estarán ahí incluso en los días difíciles.
Ese es, quizás, el mayor anhelo de toda madre: que sus hijos crezcan acompañados por un padre presente, respetuoso y amoroso; un hombre capaz de enseñar que la masculinidad no se demuestra mediante la fuerza o el control, sino a través del cuidado, la congruencia y el respeto.
Porque el mundo necesita hombres que eduquen para la paz.
Hombres que sepan amar sin poseer.
Hombres que comprendan que la autoridad jamás debe ejercerse desde el miedo.
Y padres que dejen como herencia el ejemplo de una vida libre de violencia.
Feliz Día del Padre a quienes han decidido que su mayor legado será formar hijos e hijas que aprendan, a través de su ejemplo, que el amor siempre se parece más al respeto que al poder.
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