Aquel jueves, 16 de abril de 1964, a San Miguel Coatlinchán, poblado de Texcoco, le fue arrancada parte de su identidad. Entre lodo, cables y una multitud de trabajadores y testigos, los habitantes vieron partir a la “Piedra de los Tecomates”, esa mole que reposaba en la barranca de Santa Clara, recostada hacia el cielo y guardando agua en sus “jícaras”, los cuencos naturales de su superficie. No era un objeto: era costumbre, era rito, era lluvia pedida a la tierra.

Cuando comenzaron las maniobras, había rostros tensos y voces que no terminaban de apagarse. Durante meses, el pueblo resistió. Hubo bloqueos, reclamos, incluso un intento de dinamitarla para impedir lo inevitable. Todo fue acallado con la presencia del ejército y la promesa de obras para el pueblo.

“¡No es Tláloc, es mujer!”, insistían algunos, defendiendo una memoria que la vinculaba con Chalchiuhtlicue, “La Señora del Agua”. La versión oficial, sostenida desde principios del siglo XX, la nombraba Tláloc. La piedra, ajena y testigo, acumulaba también esa disputa: la de Alfredo Chavero y Leopoldo Batres, y la de la mirada femenina que le otorgó José María Velasco.

El traslado fue tan técnico como tenso. El gobierno de Adolfo López Mateos lo integró al proyecto del nuevo Museo Nacional de Antropología, símbolo de un país que buscaba exhibir su pasado bajo la lógica de la modernidad. “Donada generosamente”, dice la placa que hoy acompaña al monolito en Chapultepec. Pero otras versiones persisten: presión, inconformidad, un consentimiento más negociado que libre.

La plataforma de 24 metros de largo y seis de ancho avanzó con lentitud, como si la piedra, de siete metros de altura y 167 toneladas, opusiera resistencia. Y entonces, la leyenda: las crónicas hablan de una lluvia torrencial, inesperada, que acompañó su entrada a la Ciudad de México, aunque -dicen- nunca la tocó; caía antes o después de su paso. Para algunos, casualidad; para otros, despedida. El mito se coló entre los hechos: el dios, o la diosa, del agua abandonaba su territorio bajo el agua misma.

Más de 60 mil personas siguieron su trayecto durante más de ocho horas, a lo largo de 47 kilómetros. Desde tierras mexiquenses hasta el Paseo de la Reforma, descansando por unos minutos frente al Palacio Nacional, que encendió sus luces ante aquel visitante de piedra.

Sesenta años después, el monolito carga dos nombres y dos territorios. Uno, el de la capital que lo convirtió en símbolo, en postal, en punto de encuentro. Otro, el de San Miguel Coatlinchán, donde una réplica ocupa la plaza central. Ahí, la piedra sigue siendo otra cosa: memoria, ausencia, identidad. Niños que desconocen su historia la llaman “Bob Esponja”, como registran Sandra Rozental y Jesse Lerner en su documental La piedra ausente (2014).

La copia no sustituye al original. Pero sostiene algo más profundo: la memoria de lo que fue suyo y el dilema de su identidad: Tláloc o Chalchiuhtlicue.

Y mientras es símbolo en la ciudad. Inmóvil, la piedra se hace huella de una tierra lejana, donde el agua no era metáfora ni razón de ser.

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