La política mexicana padece una severa incapacidad para asumir el retiro. En una república democrática saludable, la conclusión de un mandato presidencial debería marcar el inicio de una prudente vida privada o de una discreta altura institucional. Sin embargo, en nuestro país, los expresidentes operan bajo la lógica del eterno retorno.

Las recientes reapariciones de Vicente Fox y Felipe Calderón, por un lado, y de Andrés Manuel López Obrador, por el otro, evidencian un fenómeno sintomático y preocupante: la resistencia de la vieja guardia a ceder el timón y la incapacidad de las nuevas generaciones políticas para caminar sin muletas ideológicas.

El primer acto de este drama se escenificó en Chihuahua. En un mitin convocado para blindar a la gobernadora María Eugenia Campos frente a las embestidas de un presunto juicio político y carpetas de investigación, el Partido Acción Nacional (PAN) recurrió a su vieja artillería. Ahí estaban, flanqueando a la mandataria, Vicente Fox y Felipe Calderón.

La fotografía, que pretendía ser un despliegue de fuerza y un "cierre de filas" institucional, terminó operando como un anzuelo. Al subir al estrado a dos figuras cuyos sexenios cargan con fracturas profundas en materia de seguridad y cohesión social, la oposición cometió un error estratégico: en lugar de perfilar una alternativa de futuro, optó por refugiarse en la nostalgia de un pasado sumamente cuestionado.

Casi en paralelo, la escena nacional atestiguó la irrupción del hombre que juró retirarse a la tranquilidad de Palenque. Andrés Manuel López Obrador volvió a sacudir la conversación pública mediante una carta que tituló "Mi apoyo sin condiciones a la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo y una respetuosa reflexión sobre el presidente Donald Trump" y, tan solo un día antes, con una fotografía oficial junto a su hijo, Andrés López Beltrán. Publicada justo en el marco de la salida de este último de la dirigencia de Morena para buscar una candidatura a diputado federal por Tabasco, la imagen dinamitó la narrativa del retiro absoluto. La escena capturada funcionó como una transferencia explícita de capital político; una unción simbólica que busca blindar con el apellido y el rostro del fundador la construcción de una dinastía naciente.

Estas apariciones no son casuales; responden a una profunda crisis de legitimidad y densidad en los liderazgos actuales.

Para el panismo, la presencia de Fox y Calderón intenta llenar el vacío de un partido que ha perdido identidad y brújula discursiva, recurriendo a los únicos símbolos que recuerdan su paso por el Poder Ejecutivo, sin importar el desgaste que arrastran. Para el oficialismo, la reactivación de López Obrador obedece a la necesidad de mantener cohesionada a la base militante e influir en las líneas de sucesión interna mediante el carisma del líder histórico, demostrando que su palabra sigue siendo un recurso de peso en el movimiento.

Los costos de estas intervenciones ya se están cobrando en ambas ventanillas del espectro político:

  • Para el grupo opositor, el respaldo de Fox y Calderón a María Eugenia Campos en Chihuahua reactiva los agravios históricos de la "guerra contra el narco" y ahuyenta al electorado joven que exige renovación.
  • Para el oficialismo, la carta de López Obrador a Trump y su fotografía de respaldo a la candidatura de su hijo, somete a escrutinio el relevo institucional al sugerir un tutelaje informal, y debilita la bandera de la meritocracia interna.

La lectura política de que estas reapariciones ocurran precisamente en momentos de deliberaciones arduas y alta tensión (nacionales e internacionales) es alarmante; cuando la discusión pública se agita, el regreso de los expresidentes no actúa como un medio de templanza, sino como un acelerador del conflicto.

Su intervención en momentos de coyuntura crítica demuestra que las estructuras partidistas actuales carecen de la madurez para resolver sus crisis por vías institucionales. Al invocar a los antiguos "caudillos", los actores políticos mudan el debate técnico y legal hacia el terreno de la pasión y la polarización identitaria. Los expresidentes no vuelven para conciliar, sino para reactivar los bandos; operan como tribunales morales que buscan imponer su veto o su bendición por encima del orden democrático ordinario.

En última instancia, el infortunio del regreso de estos liderazgos radica en el secuestro del futuro. Mientras la discusión nacional siga orbitando en torno a las fobias y filias que generan Fox, Calderón o López Obrador, el relevo generacional seguirá suspendido. Si la política mexicana aspira a evolucionar y resolver sus complejas crisis actuales, sus viejos protagonistas deben entender que la mayor aportación que pueden hacerle a sus respectivos proyectos es, precisamente, aprender a guardar silencio.

@jorge.dasaev

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