Las personas que me conocen, o al menos quienes han compartido alguna etapa de mi vida profesional, saben que siempre he sido un convencido del potencial del turismo. Lo considero mucho más que una actividad económica: es una plataforma para mostrar al mundo la riqueza de nuestro país, un generador natural de empleo y, para naciones como México, una de las herramientas más poderosas para transformar la realidad de millones de personas.
Hace algunas semanas recibí una encomienda que me entusiasma profundamente y que, al mismo tiempo, implica una gran responsabilidad. Fui nombrado titular de la Comisión de Enlace con la Secretaría de Turismo Federal en la Cámara Nacional de la Industria de Transformación, no es un tema menor, es una oportunidad me permite trabajar en un sector al que le tengo una enorme confianza, fortalecer la vinculación con el sector industrial de todo el país y aportar, desde una nueva trinchera, trabajo, visión y pasión por México.
Las cifras confirman que el turismo sigue siendo uno de los motores más importantes de nuestra economía. Durante el primer trimestre de este año, más de 26 millones de turistas llegaron a México, una cifra histórica. La mayoría visitó destinos consolidados como Quintana Roo, Los Cabos, Yucatán y Acapulco. Tan solo en el segmento de cruceros arribaron 3.6 millones de pasajeros, generando una derrama económica superior a los 317 millones de dólares.
Estos resultados son relevantes, pero no sorprendentes. Son el reflejo del trabajo realizado durante años en destinos que cuentan con infraestructura, promoción y modelos de desarrollo claramente definidos. Han sabido aprovechar sus fortalezas y convertirlas en oportunidades.
Sin embargo, el gran reto del turismo mexicano no está únicamente en mantener el éxito de estos destinos. El verdadero desafío consiste en visibilizar, profesionalizar y fortalecer miles de lugares que poseen una riqueza extraordinaria, pero que aún no cuentan con las herramientas necesarias para alcanzar su potencial.
Pero para lograrlo, primero debemos cambiar la manera en que entendemos al turismo. Durante demasiado tiempo ha sido tratado como una moneda de pago político, una responsabilidad administrativa de segundo nivel o un simple apéndice de proyectos o escenarios económicos considerados más importantes. Esa visión no sólo es equivocada, sino profundamente costosa para el país.
El turismo merece el respeto, la atención y la jerarquía que corresponden a una de las actividades económicas más importantes de México. No puede seguir siendo una
dependencia de segundo término ni una tarea que se atienda entre una larga lista de otros pendientes. Su impacto económico, social y cultural exige una visión estratégica, liderazgo y profesionalización.
Si realmente queremos que el turismo sea un motor de desarrollo, debemos confiar su conducción a especialistas, a personas con experiencia, preparación y compromiso absoluto con el sector. Se requieren mujeres y hombres que dediquen el cien por ciento de su esfuerzo a construir destinos más competitivos, comunidades más fuertes y mejores oportunidades para millones de mexicanos.
Porque el turismo no necesita administradores temporales; Necesita promotores permanentes. No necesita ocurrencias; necesita planeación. No necesita improvisación; Necesita visión.
El Estado de México es un ejemplo claro de lo mucho que aún podemos construir. Cuenta con pueblos llenos de historia, tradiciones únicas, una riqueza cultural incomparable, paisajes extraordinarios y una identidad profundamente arraigada. Tiene colores, sabores, olores, calles y experiencias que podrían convertirse en grandes atractivos turísticos. La materia prima existe. Lo que muchas veces falta es una estrategia que permita transformar ese potencial en desarrollo sostenible.
Y es aquí donde considero que debemos replantear la conversación. El turismo no puede seguir exclusivamente dependiendo de fotografías espectaculares, eventos aislados o campañas de corto plazo. La promoción es importante, pero no suficiente.
La verdadera estrategia debe construirse desde las comunidades. Debe incluir planeación, capacitación, infraestructura, financiamiento y una visión de largo plazo. Se trata de generar condiciones para que la actividad turística no sólo atraiga visitantes, sino que impacte positivamente la vida de quienes habitan esos destinos. El objetivo no debe ser llenar hoteles durante un fin de semana, sino crear oportunidades permanentes de desarrollo económico y social.
Necesitamos dejar atrás la lógica de la fotografía y abrazar la lógica de la transformación. Menos eventos efímeros y más proyectos sostenibles. Menos anuncios y más resultados. Menos improvisación y más estrategia. El turismo debe ser capaz de generar prosperidad que permanezca mucho después de que el visitante haya regresado a casa.
Cuando el turismo se planea correctamente, se convierte en una herramienta de transformación. Impulsa a los emprendedores, fortalece a las pequeñas empresas, genera empleos, rescata tradiciones, fomenta el arraigo y multiplica las oportunidades. Pero para lograrlo se requiere coordinación, visión compartida y la capacidad de pensar más allá de los ciclos políticos o de los intereses particulares.
Por eso, la encomienda que hoy recibo me motiva especialmente. Porque me permitirá trabajar no sólo por el Estado de México, sino también por otros destinos, otras industrias, otros empresarios y, sobre todo, por miles de personas que buscan una oportunidad para mejorar sus condiciones de vida.
El llamado sigue siendo el mismo: trabajar en equipo, abrir espacios para las ideas, construir acuerdos y mirar más allá de los proyectos individuales. El turismo y el desarrollo económico deben entenderse como una visión compartida cuyos beneficios alcancen a todos.
Hoy los turistas buscan experiencias memorables. Los empresarios buscan condiciones para crecer. Y los ciudadanos buscan oportunidades para construir un mejor futuro. Nuestra responsabilidad es lograr que esas tres aspiraciones coinciden.
Porque el éxito del turismo no debe medirse únicamente por el número de visitantes que llegan a un destino, sino por la capacidad que tiene para transformar vidas. No por una temporada. No por un año. Sino por una generación completa.
Y para lograrlo se necesita valor. Valor para darle al turismo el lugar que merece en la agenda nacional. Valor para profesionalizarlo. Valor para invertir en él. Valor para entender que detrás de cada visitante hay una oportunidad económica, pero detrás de cada comunidad fortalecida existe una posibilidad mucho más grande: transformar el futuro de México.
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