En la antigua Grecia, los filósofos, la gente libre y los gobernantes tenían dos términos para deliberar en la polis: parrhesía, consistente en la libertad para hablar con franqueza y, isegoría, referida a la igualdad que todo ciudadano tenía para hacer uso de la palabra.

El oscurantismo medieval, teniendo como instrumentos tanto a la Iglesia católica como a distintos tribunales eclesiásticos, genéricamente denominados Inquisición, se convirtieron en dispositivos de persecución doctrinal, a partir del siglo XII y hasta inicios del siglo XVI, con el propósito de castigar o de conminar a que determinados personajes se retractarán de aquello que habían escrito o dicho. Ese movimiento condujo a que durante siglos el anonimato fuese un mecanismo para mantenerse con vida.

Casos como el del teólogo Pedro Abelardo; miles de Cátaros y Valdenses fueron obligados a denegar sus creencias solo pena de muerte. Juana de Arco fue acusada de herejía y quemada en la hoguera. En el siglo XV, muchos protestantes fueron ejecutados por estos tribunales.

En la Inglaterra del siglo XVII nació el derecho a la Libertad de Expresión y, desde el siglo XVIII, ha ganado terreno en una parte del mundo. En 1948, en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, quedó establecida como un derecho humano la libertad de expresión; se consideró esencial para la democracia y para buscar la verdad.

En la segunda mitad del siglo XX, México transitó de una libertad de expresión formal, corporativista y largamente simulada (1951-1967), para luego vivir una abierta represión y autoritarismo (1968-1976), seguida de una gradual apertura a la crítica (1977-1993), hasta dar cabida a una transición más libre y democrática, aunque llena de contrastes regionales y temáticos, provocados por la expansión mediática y digital que desde entonces despuntaba.

La alternancia en el Gobierno federal, debida al triunfo de un partido de derecha como el PAN, hizo que el marco legal de la libertad de expresión se ampliará y fuese acompañado de reformas constitucionales (2000-2012). Eso no impidió que el asesinato de periodistas comenzara a ser un lugar común y que los poderes locales fuesen gradualmente cooptados, aunque hoy muchos se rasguen las vestiduras.

El periodo más reciente (2012-2026) –entremezclado con un fracasado retorno del priismo y el arribo del partido Morena--, está caracterizado por el acento de la violencia estructural, la presión política, la polarización digital y por agrestes disputas.

El uso intensivo de voceros, plataformas digitales y maquinarias narrativas partidistas operan como modernos arcana imperii. Ello ha creado ecosistemas saturados de acusaciones mutuas, desinformación, manipulación emocional y posverdad. En materia de libertad de expresión, México continúa atrapado en una tensión estructural entre apertura formal y múltiples formas de coerción simbólica, política y criminal.

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