La renovación de MORENA no obedece a un simple cambio de dirigencia, es un movimiento estratégico que revela una fase de ajuste importante del partido en el poder rumbo a las elecciones del 2027. La salida de Luisa María Alcalde y la llegada de Ariadna Montiel no solo marcan un relevo, sino que dejan ver muy claro que la apuesta principal de este cambio es la operación territorial, porque hoy MORENA necesita una fuerte consolidación con las bases del movimiento.

Y es que hay promociones que son un "premio" y otras que obedecen a una estrategia, sobre todo cuando el partido necesita orden, disciplina y claridad en su ruta política – electoral. Este cambio de dirigencia llega para fortalecer la maquinaria electoral ante la evidencia de algunas fracturas internas e inconformidades de las bases.

Por ello la designación de Ariadna Montiel no es una casualidad, ya que ella viene de trabajar, probar e implementar una de las estructuras más importantes y eficaces del obradorismo: la política social. Desde la Secretaría del Bienestar, coordinó eficazmente programas que hoy alcanzan a más de 25 millones de personas en el país, apoyándose de una estructura de más de 20 mil "Servidores de la Nación", una estructura sin precedente en la operación de los programas sociales en nuestro país.

En términos políticos, eso define a Adriana Montiel como una operadora con un amplio conocimiento del territorio. Su experiencia le permitió construir vínculos directos con la ciudadanía, traducidos en estructura, movilización, presencia y control en campo.

Justo lo que MORENA necesita en estos momentos.

MORENA apostó por una dirigente con capacidad operativa y acertó.

MORENA apostó por una líder con cercanía a los sectores que han sido la base electoral del movimiento y acertó.

MORENA apostó por una persona que fuese cercana a la Presidenta Claudia Sheimbaum para reducir los márgenes de improvisación y acertó.

Pero en este cúmulo de aciertos, también se enfrenta al talón de Aquiles de MORENA, la diversificación de los grupos internos dentro del partido.

En estos momentos el movimiento necesita menos improvisación y más operación, menos protagonismo individual y más estructura.

Porque sí, MORENA aprendió a ganar elecciones, pero ahora es momento de asumir el gran reto de sostener legitimidad sin perder su esencia y mucho menos la credibilidad del pueblo.

Por ello, el verdadero desafío de MORENA no es llegar o ganar... es resistir la tentación de convertirse en aquello que se prometió cambiar.

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