Hay un momento, justo cuando las luces de la sala se apagan y suenan los primeros acordes, en que dejamos de ser un yo separado para convertirnos en puro encuentro con la pantalla. La orquesta o el sintetizador retumba en el esternón mientras se derrama sobre la piel y nos vacía de identidad al llenarnos de mundo. Incluso antes de posibilitar el entender la trama ya estamos vibrando en el mundo.

Esa sensación tiene raíces más hondas de lo que imaginamos, ya que dentro de cada uno de nosotros viven billones de seres microscópicos que reaccionan a lo que oyen, que modulan el estado de ánimo, que liberan sustancias cuando un leitmotiv regresa. La ciencia llama holobionte a esa comunidad andante que somos, imagine un hormiguero con forma humana. Hay bandas sonoras que parecen compuestas para recordárnoslo, en mi caso el sintetizador de Vangelis en Blade Runner que describe la lluvia interior de un cuerpo que ya perdió la certeza de dónde termina su piel y dónde la música es el ecosistema entero, sonidos de neón, humedad, bacteria y sueños.

Si el cuerpo es un consorcio de especies, la imagen del ser humano como centro absoluto de sí mismo empieza a ceder, al reconocer que la voz propia es en realidad un coro de microorganismos y ritmos prestados es ya una forma de comprendernos de otra manera. Daft Punk lo llevó al extremo en TRON: Legacy, donde dos robots componían música para un mundo habitado por programas capaces de sufrir, desear y morir en algoritmos. The Grid es un sampleo de lo vivo y lo sintético bailando juntos, prueba de que somos, como un buen tema electrónico, combinación, contagio y remezcla (y al revés).

Cuando Deckard, en Blade Runner, observa la ciudad el sintetizador unifica el aliento del replicante y el del humano en las mismas frecuencias graves. En el cine, como en un ritual antiguo, la música sincroniza las respiraciones de toda la sala. Por unos minutos somos una sola criatura que respira al unísono con humanos, máquinas y la lluvia de Los Ángeles 2019.

La banda sonora de Under the Skin opera desde otro extremo de esa misma verdad. Mica Levi compuso un zumbido de colmena, el latido de algo que aprende a habitar un cuerpo por primera vez. Las cuerdas distorsionadas imitan el habla de una criatura que todavía descifrar qué significa tener piel. Escuchar esa partitura es asistir al intercambio de biota sonora entre dos especies que se encuentran sin lenguaje común, solo con frecuencias.

En ese encuentro, el oyente construye tanto como el compositor. El cerebro completa melodías que la partitura sólo insinuó y su cuerpo libera serotonina o cortisol según la tensión armónica, al pensar en que la obra vive en la sala oscura y en quien la respira, la pantalla es el espejo de nuestra condición, ecosistema que se contempla a sí mismo y se reinventa con cada banda sonora.

Cuando entramos al cine, entramos a un útero sonoro donde las frecuencias nos mezclan con el asiento, con los otros espectadores y los microorganismos que nos constituyen. De Vangelis a Leví y Tron, la música cinematográfica es la prueba de que la identidad es una ficción momentánea y porosa, al ser colonia que aprendió a vibrar al unísono, y en cada fotograma sonoro cae una frontera.

La película termina y se encienden las luces por lo que el hormiguero que sale a la calle ya fue sampleado por la oscuridad, remezclado por la música, afiliado a algo más grande. Salimos tarareando un tema que nunca fue solo nuestro y ahora se posibilita serlo.

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