Durante décadas, el debate sobre la seguridad en México giró en torno a grandes organizaciones criminales encabezadas por figuras casi míticas. Desde nombres como Miguel Ángel Félix Gallardo, Amado Carrillo Fuentes ("El Señor de los Cielos"), pasando por Joaquín Guzmán Loera ("El Chapo"), Ismael Zambada García ("El Mayo") y Nemesio Oseguera Cervantes ("El Mencho") marcaron una etapa histórica donde el poder criminal se concentraba en estructuras relativamente verticales, capaces de controlar extensos territorios, coordinar cadenas internacionales de suministro de drogas y mantener interlocución con actores políticos, económicos y criminales. Sin embargo, los acontecimientos de los últimos meses sugieren que esa etapa está llegando a su fin.
La muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, "El Mencho", ocurrida durante un operativo de fuerzas federales mexicanas apoyado por inteligencia estadounidense (aunque no se quiera a veces reconocer) en febrero de 2026, representó mucho más que la caída de uno de los narcotraficantes más buscados del mundo. Significó el golpe definitivo contra el último gran liderazgo criminal capaz de mantener cohesionado un aparato delictivo de alcance nacional e internacional.
Paralelamente, la situación del llamado Cártel de Sinaloa evidencia una transformación igualmente profunda. Diversas investigaciones periodísticas y documentos judiciales estadounidenses han confirmado que integrantes de la facción de Los Chapitos, incluidos Ovidio Guzmán López y Joaquín Guzmán López, han entrado en procesos formales de cooperación con autoridades federales de Estados Unidos.
Lo anterior no significa que el narcotráfico haya desaparecido ni que las organizaciones criminales hayan sido derrotadas, significa algo más complejo: el modelo tradicional de los grandes cárteles está dejando de existir. La pregunta importante (odiosa por cierto) bajo esta premisa sería: ¿Está el Estado Mexicano para dar frente a esta mutación delincuencial?
Por ejemplo, hablar hoy del "Cártel de Sinaloa" como una organización monolítica resulta cada vez menos preciso. La confrontación entre las facciones de Los Chapitos y los grupos leales a Ismael Zambada, las rupturas internas, las capturas, extradiciones y acuerdos judiciales han provocado una fragmentación que recuerda procesos observados anteriormente en Colombia tras la caída del Cartel de Medellín o en México después de la desintegración de los Beltrán Leyva.
Aquí surgen otras dos preguntas relevantes (jodonas como piedrita en el zapato): ¿Quién controlará el próximo gran cártel? y ¿Qué ocurrirá cuando ya no existan grandes cárteles?.
La experiencia internacional muestra que la fragmentación criminal rara vez produce paz. Por el contrario, suele generar un ecosistema compuesto por decenas o cientos de células más pequeñas, menos visibles, más violentas y con fuertes raíces territoriales.
En ese escenario, el narcotráfico deja de ser la única actividad relevante, tal y como ya se ha empezado a ver en México. Las organizaciones diversifican riesgos y ganancias mediante extorsión, secuestro, cobro de piso, tráfico de migrantes, tala ilegal, minería clandestina, robo de hidrocarburos, fraude, explotación sexual y control de mercados locales.
Es decir, pasan de ser empresas criminales orientadas a la exportación a convertirse en depredadores de las economías regionales. En pocas palabras "le tiran a lo que se mueva" ... como amigo con pie plano: "pisan parejo". Ya existen señales de esta transición en diversas regiones del país. Mientras las grandes rutas internacionales continúan siendo importantes, el control de territorios, comunidades, actividades económicas locales y cadenas logísticas se ha convertido en un activo estratégico tan valioso como el tráfico de drogas.
Por ello, el Estado mexicano debe evitar caer en una lectura triunfalista de los acontecimientos recientes. En primer lugar porque bajo ningún motivo se han desmantelado estas estructuras delincuenciales, aún existen operadores de las mismas que no han sido detenidos, enjuiciados y sentenciados y por último es que (desgraciadamente) parte de los buenos resultados que en esta administración se han tenido, han sido parte de presión externa (de Washington concretamente) y no de verdadera voluntad interna.
La captura o muerte de líderes históricos representa un éxito operativo importante. Sin embargo, la historia demuestra que la decapitación de organizaciones delincuenciales no garantiza por sí misma una reducción sostenible de la violencia. Diversos estudios académicos han advertido que la simple eliminación de liderazgos suele generar reacomodos internos, disputas sucesorias y nuevas dinámicas de reclutamiento criminal.
La siguiente fase exigirá capacidades distintas. México necesitará fortalecer la inteligencia territorial, las investigaciones patrimoniales, la persecución financiera, los mecanismos anticorrupción y la coordinación interinstitucional. También deberá consolidar policías locales profesionales capaces de comprender dinámicas delincuenciales específicas de cada región, algo imposible de lograr mediante estrategias uniformes aplicadas desde el centro del país. Debemos aceptar que la fenomenología delincuencial en México es heterogénea y necesitamos mandos policiales con verdadera capacidad de generar estrategias diferenciadas para ello.
Asimismo, será indispensable fortalecer fiscalías autónomas (pero autónomas de verdad), sistemas de análisis criminal e instrumentos de prevención social que reduzcan la capacidad de reclutamiento de estas nuevas estructuras fragmentadas.
La cooperación bilateral (y también la presión) con Estados Unidos seguirá siendo un factor determinante (nos guste o no). Los recientes resultados operativos muestran niveles de intercambio de inteligencia sin precedentes entre ambos gobiernos. Sin embargo, la verdadera medida del éxito no será cuántos líderes son capturados o abatidos, sino, si el Estado logra impedir que las organizaciones fragmentadas ocupen nuevamente los espacios que dejan quienes caen.
La era de los grandes capos parece estar terminando. Sin embargo, la era de las redes criminales fragmentadas apenas comienza y esa puede ser una amenaza mucho más difícil de combatir (si no nos ponemos truchas).
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