La temporada que arrojó el mayor número de récords en el Everest (8 mil 848 m) también nos reservó para el final una historia que refleja la crisis ética que se experimenta en la gran montaña por excelencia, alejándose cada vez más de los principios que en el pasado reciente inspiraron hazañas épicas.
El protagonista es Hillary Dawa Sherpa, un guía nepalí de 52 años, quien fue visto por última vez durante el descenso, a unos 7 mil 500 metros de altitud, mientras descansaba y acompañaba a unos clientes, según el testimonio de sus compañeros, todos ellos empleados de la agencia local Himalayan Traverse.
Formaban parte de una de las últimas expediciones realizadas en mayo pasado, periodo en el que se lograron más de mil ascensos exitosos al coloso del Himalaya, cifra inédita que refleja la desmedida comercialización y la presión que soporta un ecosistema ya de por sí vulnerable a los efectos del cambio climático.
Dos días después de su desaparición y tras realizar una búsqueda aérea sin resultados, a Dawa Sherpa se le dio por muerto. Sus familiares resignados comenzaron los rituales funerarios. El caso reavivó las críticas sobre la rapidez y el alcance de los operativos de rescate cuando quienes están en peligro son trabajadores sherpas y no clientes extranjeros.
Sin embargo, al sexto día, uno de los encargados de desmontar el campamento base (a 5 mil 300 metros de altitud), una vez concluida la temporada, descubrió a una persona arrastrándose, tratando de hallar el camino entre las grietas del glaciar Khumbu.
Era Hillary Dawa Sherpa, quien según sus primeras declaraciones cayó a una grieta donde perdió parte de su equipo técnico y le llevó dos días encontrar la salida. Sin agua ni alimentos masticó hielo y algunos chocolates que llevaba en los bolsillos.
Caminó hasta el agotamiento y siguió arrastrándose ladera abajo. A pesar de las congelaciones y lesiones provocadas por la continua exposición a un clima implacable, salvó la vida gracias a un extraordinario autorrescate. Su experiencia debería obligarnos a replantear algunas certezas sobre el Everest contemporáneo.
Conquistar hoy la cima más alta del planeta implica sostener una industria en la que los sherpas son el eslabón más vulnerable de toda la cadena. Históricamente, los riesgos que asumen contrastan con las limitadas condiciones de protección y seguridad que enfrentan.
La primavera de 2026 en el techo del mundo será recordada no solamente por los récords de permisos otorgados y ascensos exitosos, sino también por la historia de Hillary Dawa Sherpa, quien prácticamente fue abandonado a su suerte y sobrevivió para contarlo.
Brújula. Mientras tanto, medios especializados reportan que el primer robot humanoide, llamado Pemba, coronó la cima del Chimborazo (6,263 m), la montaña más alta de Ecuador. A pesar de que requirió asistencia humana en las partes más técnicas e inclinadas del volcán, sus creadores no descartan probarlo pronto en el Everest y, en el futuro, utilizarlo en labores de rescate. Ojalá lo programen para salvar lo mismo a turistas que a guías sherpas.
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