A propósito del día del padre, en unos días mi papá cumple 87 años, y como todo cumpleaños, siempre es un motivo de celebración, pero éste también invita a la reflexión.
No todos tenemos la fortuna de ver a nuestro padre llegar a una edad avanzada, lo cual genera un momento de confrontación con el tiempo y con la memoria, porque descubrimos que nunca estamos preparados para ver como los años alcanzan a esos a nuestros padres que parecían estar hechos de la mejor madera y duele ver como sus cabellos se tiñen de experiencias.
Toda mi vida he crecido admirando a un hombre trabajador, fuerte, honesto y muy talentoso, un hombre realmente generoso y muy amoroso con su familia. Mi papi, al igual que muchos padres mexicanos de su generación, me enseñó que el esfuerzo, la disciplina y la perseverancia son capaces de abrir todas las puertas que quiera.
Cada Día del Padre llueven las felicitaciones, los regalos y las fotografías familiares, sin embargo, pocas veces hablamos de lo que significa ser padre en México, particularmente cuando se llega a la vejez.
Ser papá en México implica mucho más que un vínculo sanguíneo, para muchos hombres significa asumir la responsabilidad económica del hogar, educar, proteger y convertirse en el pilar de la familia aun en contextos adversos, porque crecieron bajo las creencias de que amar a sus hijos y a su familia, significaba ser proveedor, trabajar y resistir; incluso esos hombres pocas veces o nunca han logrado expresar con palabras sus sentimientos, pero lo demostraron dedicando su vida entera a cuidar de los suyos.
Por supuesto, también existen padres ausentes y quienes eligen desentenderse absolutamente de sus responsabilidades; pero sería injusto reconocer que también existen miles de hombres que construyeron familias a partir del sacrificio silencioso y de la convicción de sacar adelante a sus hijos.
Y luego entonces, llega una etapa para la que nadie nos prepara, en donde sucede una mágica inversión del tiempo y comenzamos a cuidar a quienes nos enseñaron a caminar y sin darnos cuenta los hijos descubrimos que también nos corresponde acompañar, escuchar y sostener a quienes nos sostuvieron primero y no por fragilidad, sino porque así es la vida: cíclica, inevitable y humana.
Entonces envejecer con dignidad no debería ser un privilegio, sino una aspiración de todos, en donde una sociedad justa, solidaria e incluyente reconozca la experiencia, la sabiduría y las contribuciones de las personas mayores, porque el valor de una comunidad también se mide por la forma en que trata a quienes dedicaron su vida a construirla.
Ser un padre adulto mayor en México no es sencillo, representa enfrentar desafíos económicos, de salud y en el menor de los casos, soledad o maltrato, por ello, el día del Padre en esta etapa, adquiere un significado diferente, pues no es solo una fecha para festejarlos, sino para recordar que siguen necesitando cariño, respeto, compañía y reconocimiento.
Amar a nuestros padres adultos mayores, es una forma de hacerle justicia; cuidándolos con paciencia, acompañándolos y procurando su bienestar, es quizás, una de las mejores maneras de agradecerles un poco todo el amor que nos dieron durante toda la vida; y no se trata de saldar una deuda -porque el amor de los padres es imposible de pagar-, sino de honrar su historia y su presencia mientras aún podemos hacerlo.
Este día del padre pienso en el mío, en sus enseñanzas, en su fortaleza y en el privilegio de seguir teniéndolo conmigo a sus 87 años y aunque me duele verlo cansado, también agradezco el tiempo compartido y la oportunidad de devolver, aunque sea un poco, todo lo que me ha dado y me sigue dando: su amor y su compañía.
Porque si algo he aprendido de mi papá es que el amor más profundo no siempre se dice, se entrega en silencio y con acciones, con miradas de complicidad y con sonrisas de felicidad, pero sobre todo estando presente todos los días. Porque el mejor papá, sin lugar a duda, es el mío.
Felicidades a todos los papás, que la vida les permita seguir caminando junto a sus familias durante muchos años más.
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