Hay manifiestos que describen una visión de futuro. El de Palantir describe una justificación para el presente: un mundo donde la inteligencia artificial es un arma, la cultura occidental es superior y la religión popular merece defensa frente a las élites. Continúo su análisis.
El manifiesto publicado por Alex Karp, CEO de Palantir, iniciado la semana pasada, comparto ahora el quinto punto, que establece: "La cuestión no es si se fabricarán armas basadas en la IA, sino quién las fabricará y con qué fin. Nuestros adversarios no se enfrascaran en debates teatrales sobre las ventajas del desarrollo de tecnologías con aplicaciones críticas para la seguridad nacional y militar. Seguirán adelante."
El mensaje sobre la militarización mediante inteligencia artificial es contundente. El uso de la tecnología en la guerra siempre ha sido determinante: desde la rueda y el fuego hasta la energía atómica. Ahora la IA emerge como el elemento diferenciador que redefinirá cómo operan los ejércitos y se diseñan las estrategias. Que este mensaje provenga de un fabricante de software de espionaje gubernamental lo hace ás inquietante.
El salto del plano militar al plano cultural no es un accidente sino una definición, lo vemos en el punto 20 del manifiesto que revela la dimensión ideológica de ese proyecto: "La intolerancia hacia las creencias religiosas, omnipresente en ciertos círculos, debe combatirse. La intolerancia de las élites hacia las creencias religiosas es quizás uno de los signos más reveladores de que su proyecto político constituye un movimiento intelectual menos abierto de lo que muchos en su seno pretenden."
Lo que Karp plantea aquí no es una defensa de la libertad religiosa, sino una idea política precisa: la del pueblo creyente contra las élites secularizadas. Es el mismo relato que comparte ahora el Partido Republicano bajo Donald Trump, y Palantir lo eleva a principio filosófico de empresa.
El punto 21 ha sido señalado como el más polémico del manifiesto. Su traducción es la siguiente:"Algunas culturas han producido avances vitales; otras siguen siendo disfuncionales y regresivas. Todas las culturas son ahora iguales. La crítica y los juicios de valor están prohibidos. Sin embargo, este nuevo dogma pasa por alto el hecho de que ciertas culturas —y también subculturas— han producido maravillas. Otras han resultado mediocres y, peor aún, regresivas y perjudiciales."
Esta jerarquía civilizatoria, formulada sin definición, sin métrica y sin evidencia, no es una provocación intelectual: es la renovación del viejo argumento colonialista e imperialista de siglos pasados. La idea implícita es que quienes poseen tecnología avanzada merecen ejercer el poder sobre quienes no la tienen. Es una idea de supremacía occidental disfrazada con el lenguaje de la innovación.
En conjunto, estos elementos sugieren una visión del mundo donde la tecnología, especialmente la IA, no solo impulsa el desarrollo, sino que legítima estructuras de poder. Más que una simple hoja de ruta tecnológica, el manifiesto parece delinear una narrativa sobre quién debe liderar —y bajo qué valores— el futuro global.
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