El 20 de abril, la zona arqueológica de Teotihuacán dejó de ser símbolo de civilización ancestral para convertirse, por unas horas, en escenario de una violencia profundamente contemporánea. Desde la cima de la Pirámide de la Luna, un hombre de 27 años abrió fuego contra turistas de distintas nacionalidades, dejando una persona muerta y siete heridos antes de quitarse la vida.
Las investigaciones reveladas por las autoridades en la mañanera delinean un perfil inquietante. Julio César Jasso Ramírez, originario de Guerrero, no fue un agresor improvisado: planeó el ataque, visitó previamente el sitio y se hospedó cerca para ejecutar su acción con precisión. En su mochila llevaba un revólver calibre .38, más de 50 cartuchos, un arma punzocortante y materiales con referencias a ideologías extremistas.
Pero más revelador que el arsenal es su universo simbólico. La fecha no fue casual: el 20 de abril coincide con el aniversario de la masacre de Columbine, perpetrada en 1999 por Eric Harris y Dylan Klebold. Jasso no solo conocía ese episodio; lo replicaba. Vestía prendas con mensajes asociados a los atacantes, portaba imágenes relacionadas y, según autoridades, se asumía como parte de una subcultura digital que glorifica este tipo de violencia.
Este fenómeno -el “copycat”- trasciende lo criminal para instalarse en lo antropológico. No se trata únicamente de individuos aislados, sino de narrativas compartidas en comunidades digitales donde la violencia se convierte en identidad. En este caso, incluso se documentaron simpatías por ideologías extremistas y figuras históricas asociadas al totalitarismo.
La pregunta inevitable es doméstica: ¿dónde estaba la familia? Las autoridades han señalado posibles problemas psicológicos, pero el vacío no es clínico solamente. Es social. La desconexión afectiva, la vigilancia emocional ausente y la incapacidad de leer señales -aislamiento, obsesiones, consumo de contenidos violentos- forman parte de una cadena silenciosa que suele ignorarse hasta que es demasiado tarde.
El atentado también exhibió la falta de controles efectivos, como detectores o revisiones sistemáticas, en una zona arqueológica que recibe a más de un millón de visitantes al año.
Todo esto ocurre a semanas del inicio del Mundial de Futbol, evento que pondrá a México bajo escrutinio global. El mensaje es claro: la seguridad ya no puede limitarse a despliegues reactivos; debe anticiparse a amenazas híbridas, donde lo digital y lo psicológico convergen.
En el contexto del Estado de México, la respuesta no puede ser únicamente policial. Tampoco es motivo de echar culpas. Implica construir redes comunitarias de
detección temprana, fortalecer la salud mental, regular contenidos violentos en entornos digitales y, sobre todo, recuperar el tejido social que permite ver al otro antes de que se convierta en amenaza.
Porque lo ocurrido en Teotihuacán no es un hecho aislado: es el reflejo de una época donde la violencia ya no solo se hereda, también se aprende, se imita y se viraliza. Y frente a eso, la prevención empieza mucho antes que el primer disparo.
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