Los intentos por controlar el debate público son históricos y pertenecen a las diversas expresiones ideológicas en todo el mundo. La irrupción de internet y las múltiples vías de comunicación generadas aceleran un conflicto que proviene de lo que bien definió Michael Foucault en expresiones como la del panóptico y el Gran Hermano: esa cualidad para observar a todos desde el poder, para que nadie pusiera en duda el interés superior asociado a la idea de “seguridad del Estado”. Bajo esta lógica se construyó una dinámica nada tersa entre los medios de comunicación y la expresión del propio Estado a través del gobierno. Desde aquel “yo no pago para que me peguen” de José López Portillo y su pleito con Proceso, el sistema político mexicano ha estado inmerso en esa disputa. El gobierno gasta importantes sumas en medios, pero prefiere que nadie lo critique. Los medios usan el llamado periodismo de investigación para ventilar actos de corrupción y filtraciones que en el poder suelen darse como parte de las intrigas palaciegas. El tema ha cobrado nuevamente vigencia luego de la presentación del gobierno federal de una iniciativa para el derecho de las audiencias. Sin embargo, hoy en día resulta muy difícil censurar las plataformas digitales como antes se hacía con la prensa impresa.
Un primer tema a reflexionar es si se pueden acotar los espacios de libertad de expresión de los medios y líderes de opinión en las plataformas actuales. Cada que un gobierno cambia sus preferencias también se modifica la asignación del presupuesto público para medios; no obstante, algunos periodistas e inversionistas del periodismo usan las plataformas para continuar con la crítica al poder público, más como vehículo de presión que como espacio de libertad de expresión.
Infortunadamente, el debate se abarató cuando las audiencias comenzaron a cambiar de los medios tradicionales a las plataformas de youtubers, influencers y demás fauna de las “benditas redes sociales”. No me detendré en los esperpentos que publican por esta vía, tanto los favoritos del gobierno y sus adláteres como los más acérrimos opositores. En ambos extremos, la generación de bulos o conversaciones impulsadas por los algoritmos son un negocio sin utilidad pública; de ahí que debatir sobre libertad de expresión sea participar en un juego donde la mayoría de ciudadanos, periodistas y quienes tenemos un espacio en la opinión pública no somos parte.
Actualmente enfrentamos una disputa ideológica con el avance de los triunfos de la derecha y ultraderecha en América Latina y el resto del mundo. Eso genera una tensión particularmente entre México y Estados Unidos. Junto con Brasil, somos las naciones más importantes del subcontinente que alguien puede calificar como progresistas o de izquierda. En el caso mexicano tengo mis reservas, pero ese es otro debate. Lo cierto es que va a elecciones el próximo 4 de octubre y México enfrenta una conversación dual con Estados Unidos; por un lado, se negocian los términos del nuevo acuerdo comercial con Estados Unidos y Canadá y, al mismo tiempo, la aplicación de la nueva doctrina “Donroe” imprime su particular sello intervencionista a nuestro gobierno. Trump intentará descarrilar tanto al gobierno de México como al de Brasil para seguir alimentando el mito del imperialismo y, en particular, de su liderazgo. Y estos propios países alimentan la narrativa del intervencionismo para aumentar el malestar de sus huestes hacia el necesario enemigo que requiere un sistema para distraer a la gente de sus verdaderos problemas. Sí, hay un conflicto tanto en el tema del derecho de las audiencias como en la incómoda forma de hacer política de la era trumpiana, pero acá hay dos cosas que suelen suceder: los viejos solían decir que el agua tiene memoria para justificar cuando su corriente no respetaba los cauces y se salía de control; pues así, con la libertad de expresión, nunca nadie ha podido tener una censura prolongada y siempre la libertad de los ciudadanos para opinar encuentra sus propios caminos.
Y al mismo tiempo estamos en medio de una disputa geopolítica. Tanto Trump como Sheinbaum se saben de memoria la partitura del conflicto y, como si fuera un tango, tienen sus momentos dramáticos, pero también sus propios tiempos, y nosotros ya nos conocemos la tonadita, como dirían en el pueblo. No hay por qué alarmarse cuando se apela a los ataques a la soberanía ni cuando se amenaza la libertad de expresión; una y otra forman parte de los debates alimentados por los propios grupos de interés para que los ciudadanos dejemos de atender los temas verdaderamente urgentes que nos preocupan a todos.
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