Hay días en que la política mexicana parece escrita por un guionista con imaginación a prisa.

En un lapso brevísimo, la conversación pública quedó atrapada entre tres estampas que parecen sacadas de obras distintas: el espectáculo vergonzoso de dos diputados a punto de los golpes en el Congreso, una pantalla gigante en la mañanera exhibiendo nombres de opositores como si fuera un boletín de búsqueda, y unacarta efusiva enviada por Andrés Manuel López Beltrán a Donald Trump tras la revocación de su visa.

A simple vista, son anécdotas desconectadas. La trifulca de pasillo, el ajuste de cuentas mañanero y el enredo diplomático personal. Pero si uno mira el cuadro completo, se descubre que las tres escenas son, en realidad, los tres pilares sobre los que se sostiene la comunicación política en el México actual: la provocación física, el señalamiento público y la diplomacia del agravio.

El Congreso. Cuando dos legisladores terminan entre empujones e insultos, no estamos ante un acalorado debate de ideas ni ante un exceso de pasión patriótica. Lo que presenciamos es la quiebra absoluta de la palabra.

Durante décadas, la tribuna parlamentaria fue el espacio para convencer, negociar o, al menos, contrastar visiones del país. Hoy, la negociación se percibe como debilidad y el grito como lealtad. El diputado que tira un manotazo sabe perfectamente lo que hace: no busca mover un ápice la votación de una ley, busca la nota de la noche, el clip en redes sociales y el aplauso de sus pares. El conflicto corporal ha sustituido al argumento porque es más fácil de consumir y mucho más barato de producir.

De San Lázaro al Salón Tesorería. La proyección de una lista con los nombres de la oposición no es un mero ejercicio de transparencia; es un ejercicio de delimitación visual.

Señalar y enlistar personajes desde el foro de poder institucional equivale a trazar una línea en el suelo. De este lado, los afines; del otro, los señalados. La "lista" no busca debatir la validez de la crítica ni responder con datos a los cuestionamientos. Su función es puramente pedagógica para la audiencia propia: enseña a quién hay que mirar con desconfianza.

Cuando el Estado utiliza el megáfono público para exhibir disidentes, la política deja de ser un terreno de coincidencias posibles y se transforma en un mapa de lealtades y traiciones.

El requerimiento transfronterizo. La carta redactada por López Beltrán en respuesta a las acciones del gobierno de Donald Trump traslada esta misma lógica al terreno internacional.

Un trámite o una decisión administrativa del vecino del norte, por más polémica o arbitraria que resulte, se convierte de inmediato en un escenario de resistencia narrativa y la búsqueda del impacto mediático en tiempo real.

La riña, la lista y la carta convergen en la absoluta inutilidad práctica para la vida del ciudadano común. Ninguno de estos tres hechos le devuelve la seguridad a una calle, mejora la atención en un hospital ni reduce la inflación. Sin embargo, los tres logran su cometido con precisión quirúrgica: secuestrar la atención del país durante semanas.

La riña busca el aplauso del grupo propio; la lista busca el control del relato cotidiano; la carta busca fijar una postura de dignidad frente al gigante externo. Las tres estrategias operan sobre la misma materia prima: la emoción rápida.

El problema de este modelo no es solo el desgaste institucional que provoca, sino el hábito que genera en el público. Nos estamos acostumbrando a evaluar la política por su nivel de escándalo y no por la calidad de sus resultados.

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