Hace unos días, en el marco de la presentación de una antología de textos de Óscar Diego, el autor afirmaba: "la corrupción acompaña al ser humano a lo largo de su historia, viene desde las antiguas civilizaciones y está presente, decir que se puede erradicar es una demagogia, pero lo que sí se ha hecho es controlarla y limitarla y para eso un elemento importante es, su antítesis, la ética pública; la ética pública no es algo abstracto es un técnica aplicada con herramientas y procedimientos y modelos éticos que sirven en el combate a la corrupción". Hasta aquí la cita.

En "Los discursos de la primera década de Tito Livio", el famoso precursor del Realismo Político, sostiene: "Una vez que la corrupción se ha instalado en una ciudad o en una república, es casi imposible mantenerla libre [...] porque los hombres, en lugar de buscar el bien común, se inclinan hacia los intereses particulares y la ambición." (N. Maquiavelo), en consonancia con lo expresado por Óscar Diego, quien ha sostenido la importancia de generar diques que contengan dichas prácticas corruptas. Pero para que las ideas filosóficas permeen el poder público, hace falta voluntad política para aumentar las condiciones de autoinmunidad del sistema político.

No basta con tener buena voluntad o crear sistemas anticorrupción si al final de los procesos no hay sanciones ejemplares. Es necesario impulsar un nuevo tipo de instrumentos eficaces y avalados por expertos.

Contrario a lo que se sostiene con la idea; el fin justifica los medios. Maquiavelo sostiene que las acciones de los líderes públicos deben juzgarse por sus consecuencias sociales. Romper una norma de etiqueta moral es justificable si el resultado final construye y sana las instituciones públicas, en lugar de destruirlas. En su obra más conocida, el autor florentino sostiene: "La primera opinión que se tiene de la inteligencia de un príncipe se basa en ver los hombres que tiene a su alrededor. Cuando son competentes y fieles, se le puede considerar sabio." (El príncipe, Nicolás Maquiavelo, 1532).

Como se aprecia, incluso para un filósofo tan polémico como es Maquiavelo, la eficacia del gobernante debe medirse por la estabilidad que genera a las instituciones públicas y en este punto, los escándalos recientes, advierten que no es suficiente con impulsar una narrativa de transformación si no hay cambios palpables en el ejercicio de la función pública. La corrupción no desaparece, pero puede contenerse. La clave está, entonces, en generar los mecanismos y ahí hay bibliografía, expertos y propuestas legislativas (crear una agencia anticorrupción, entre otras), que podrían ser la base para un nuevo andamiaje institucional. En teoría de sistemas, Niklas Luhmann sostiene que esa autoinmunidad puede provenir desde dentro del propio sistema y traslada un concepto de la biología a las ciencias sociales: autopoiesis. "Podemos llamar autopoiéticos a los sistemas que producen ellos mismos, no sólo sus estructuras, sino también los elementos de que están compuestos, en la red de estos mismos elementos. Lo que entra al sistema como elemento no es un dato de la realidad independiente de él, sino que es producido por el propio sistema".

Dicha capacidad autorregenerativa proviene de su entorno, dice el sociólogo alemán. En nuestro caso, hay evidencias suficientes que advierten que el actual modelo de licitaciones públicas ofrece una ventana de oportunidad si se le incorpora una mayor transparencia, tiempo para convocar y mediante IA sacar costos de referencia que formen parte del proceso y sobre todo, crear "agentes éticos" como lo propone el propio Óscar Diego, en tareas sustantivas de dichos procesos. El sistema tiene todo para autorregenerarse, menos lo más importante: eficacia ética y voluntad política. Sí, la corrupción es consustancial al quehacer humano, pero su contención también. Ahora sí que, por el bien de todos, ¡hay que combatir la corrupción!

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