En 2017 la televisión juvenil aprendió a hablar con la voz de una muchacha muerta que dejó trece lados de casete. Nueve años después la plataforma presume un catálogo infinito, y en ese infinito todos los pasillos de preparatoria miden lo mismo: casilleros de lámina azul, un baño de mosaico verde donde alguien llora contra el espejo, un gimnasio con serpentinas que esperan el baile, una notificación que vibra sobre el pupitre a media clase de biología. Es el set más barato de la industria y el mejor vigilado.
Mike Flanagan estrenó su Carrie el 7 de octubre, ocho episodios con la historia mudada a la época de las redes, y yo llegué con la fe de quien visita a un amigo que se cambia de casa cada otoño. En sus casas anteriores los fantasmas caminaban al fondo del encuadre, fuera de foco, sin aviso para nadie, y el ojo tenía permiso de extraviarse en una esquina oscura mientras los actores discutían en primer plano. Aquí el ojo recibió horario fijo. La cámara rodea a Carrie como el grupo rodea a la nueva en la fila de la cafetería, y cada episodio se acomoda como un cargo en el expediente: está la grabó, este se rio, está compartió el video, aquella madre rezó con la puerta cerrada. Hasta el espectro de la serie resulta una proyección de la propia protagonista. El fantasma también pasó a primer plano y se peinó como ella.
Una muchacha capaz de voltear un coche con la mente protagoniza una serie donde la cámara pide permiso para cambiar de salón.
Me intriga ese prodigio; una sola mirada sostiene una lista entera de vidas posibles y las convierte en testigos, la maestra de educación física tenía una serie adentro, la madre guardaba otra bajo llave junto a la Biblia, y la lógica del argumento las cita a declarar y las despide en cuanto rinden su testimonio. Así se administra la potencia de una imagen en la televisión juvenil: se le asigna un turno, se le toma la huella, se archiva. La herida es el narrador más rentable del mercado porque cabe en una sola cara, y esa cara se deja maratonear sin queja.
Hubo un momento, breve como un recreo, en que la nueva televisión parecía abrir compuertas; capítulos que se perdían una hora completa en un personaje secundario, casas donde el tiempo se doblaba, finales que dejaban entreabierta la puerta del salón. Pedíamos exploración y la recibimos en forma de temporada piloto. Luego la temporada piloto se volvió molde, el molde se volvió métrica, y la métrica descubrió que el público pulsa siguiente episodio con más fidelidad frente a una víctima que frente a un pasillo vacío.
Al terminar cada capítulo la pantalla se oscurece unos segundos antes de arrancar el siguiente. En ese negro aparece tu reflejo, sentado, quieto, con la cara iluminada desde abajo como la de cualquier testigo. Es el único plano de la serie que nadie dirigió.
Una imagen citada muchas veces hace lo que hace el cuerpo con una astilla: la envuelve en una cápsula de tejido y la conserva intacta, tibia, lista para doler cada vez que alguien aprieta. La televisión juvenil vive de esa cápsula. Cada serie nueva cita la primera temporada de aquella muchacha de los casetes como quien recita un versículo, y la cita engorda el quiste hasta volverlo órgano. Lo grave ocurre después, en las recámaras: una generación aprende a imaginar su propio dolor en ocho episodios, con voz en off y final de suspenso, y el futuro le llega con el formato preinstalado, listo para que alguien más lo maratonee.
¿Qué serie cabía en ti antes de que alguien decidiera que tu papel era mirar?
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