Alice despierta a su doble sin saberlo, pues durante semanas mantuvo la cámara encendida y por eso cada gesto íntimo se volvió un dato que la plataforma engulle, y con ella engulle a cuantos miran, mientras Lola ocupa el canal y habla con su voz, aunque Alice resida ya en otra parte. Esa imagen surge como el resultado de cuanto sus transmisiones dejaron atrás, la suma de residuos que una inteligencia ajena recoge y reanima hasta dotarla de pulso, y la película extiende su horror en el nacimiento de un espectro hecho de aceptaciones cotidianas, de esos «sí, acepto» que se siembran sin lectura. ¿Qué criatura germina en el campo de todo aquello que se concede sin mirar?
Del cine brota una pregunta sobre cuántas de las imágenes que hoy devuelven la mirada desde las pantallas pertenecen ya a esa misma estirpe, el rostro sintético que saluda en una aplicación, todos podrían ser ese espectro necroinformativo, criaturas que se alimentan de restos muertos para devolver una vida que respira con un aliento tomado de otra parte. ¿Cuánto de lo que parece mirar de vuelta vive en verdad de lo que alguien dejó morir? Esa imagen espectral responde en la sugerencia y en la suposición del deseo, y al hacerlo ocupa el lugar de lo que suele llamarse inteligencia. La inteligencia que la produce es un mecanismo que ensambla fragmentos de textos, de clics, de tonos de voz que alguna vez estuvieron vivos y que ahora yacen en la pura disponibilidad de lo que puede recomponerse. Cuando ese doble conversa con los seguidores de Alice ocurre una ceremonia donde los vivos hablan con un cadáver digital que les devuelve con exactitud lo que anhelan oír.
Y cuando alguien pide a un chatbot una explicación o un consuelo, la pregunta se posa sobre la voz que contesta: ¿responde acaso la voz recompuesta de millones de enunciados que ya murieron en otras gargantas, incluida la de quien pregunta? Ahí aparece lo necrocomunicable tan bien disfrazada de presencia que el cadáver que responde dejó hace tiempo de provocar preguntas, y conforme la pregunta se aquieta. Ese espectro levanta la burbuja donde cada quien teje sus ideas, y dentro de ella cada certeza sentida como propia llega filtrada por un motor que alimenta a quien la habita con lo que ya fue, con el doble de sus convicciones pasadas. La inteligencia que gobierna los entornos digitales procura sostener una conversación perpetua de cada quien, con su propio rastro, un canibalismo silencioso donde alguien mastica sus restos mientras una voz lo convence de que prueba alimento nuevo. ¿Qué posibilidad le queda a un pensamiento vivo en un ecosistema cuya materia prima es la muerte digital de la experiencia? La pregunta pesa sobre cada frase articulada dentro de esa burbuja, postergación indefinida del encuentro con aquello que respira sin parecerse a quien lo busca.
Lo más perturbador de Cam asoma en la preferencia de la audiencia por el doble, pues la imagen muerta resulta más deseable, más coherente, más disponible que la mujer de carne y hueso, y de ahí brota la pregunta por un presente donde el amor se inclina más hacia los espectros que hacia uno mismo. ¿Quién gobierna una vida cuando su autoridad se cede a una versión espectral de lo que quedó atrás bajo la creencia de tratar con lo nuevo, con lo inteligente, con lo vivo? Y entonces, cuando la próxima imagen devuelva un reflejo exactamente como gusta verse, cabe preguntar si en esa voz que habla sobrevive algo todavía propio que aún respira, o si sólo resuena el eco de todo aquello que alguien aceptó dejar morir en un like.
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