En la estructura económica de México, las micro, pequeñas y medianas empresas (MiPyMEs) constituyen el verdadero corazón de la actividad productiva. De acuerdo con datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), en el país existen más de 5.5 millones de unidades económicas clasificadas como MiPyMEs, las cuales representan más del 99 por ciento del total de los establecimientos nacionales y son responsables de generar alrededor del 70 por ciento de los empleos formales e informales, además de aportar cerca del 50 por ciento del Producto Interno Bruto. Cifras que confirman que la prosperidad del país depende directamente de la salud financiera, la estabilidad y la capacidad de crecimiento de este sector dinámico.
Para que una pequeña empresa logre consolidarse, transitar de la subsistencia a la expansión o modernizar su capacidad instalada, el acceso al financiamiento resulta un insumo tan indispensable como la materia prima o el talento humano. El crédito formal permite a los emprendedores adquirir maquinaria, adquirir insumos a mejor precio, sostener el flujo de caja en momentos imprevistos e ingresar a nuevas cadenas de valor. En este contexto, resulta alentador observar que la banca en México mantiene un firme volumen de financiamiento hacia el sector empresarial; no obstante, el reto actual reside en lograr que el crédito fluya con mayor intensidad hacia el eslabón más vulnerable: las micro y pequeñas empresas.
En este sentido, el objetivo compartido entre el sector público y la iniciativa privada no debe ser únicamente prestar más, sino prestar mejor y con mayor alcance social. Tal como lo han destacado la presidenta de México y Altagracia Gómez, promotora del desarrollo regional y relocalización de empresas, el camino hacia una mayor inclusión financiera pasa necesariamente por tender puentes de colaboración con las instituciones crediticias.
El llamado es a sumar esfuerzos para que los bancos no solo actúen como otorgantes de capital, sino como verdaderos aliados estratégicos a través de esquemas integrales de capacitación, acompañamiento y asesoría financiera.
Cuando una microempresa recibe la orientación adecuada para estructurar sus estados financieros, comprender los requisitos de solvencia y diseñar planes de negocios sólidos, el proceso de acreditación se simplifica de manera natural. Reducir la asimetría de información y la burocracia en las solicitudes permitirá que miles de pequeños negocios cumplan con los estándares requeridos sin perder competitividad.
Al contar con herramientas de formación técnica, los emprendedores podrán acceder a financiamientos en condiciones más accesibles y justas, transformando el crédito en un catalizador de productividad.
Fortalecer la capacidad de pago y la gestión interna de las MiPyMEs beneficia directamente a las instituciones financieras, al contar con acreditados más sólidos, responsables y de menor riesgo. Al impulsar la capacitación como llave de entrada al crédito formal, se detonará un círculo virtuoso que acelerará la economía desde abajo hacia arriba, multiplicando la creación de empleos dignos y consolidando el mercado interno de México.
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