Cuando se habla de violencia de género vienen a nuestra mente una serie de imágenes que han sido agredidas físicamente por sus parejas, familiares, conocidos o por alguien más por el hecho de ser mujer; y también pensamos en los titulares de feminicidios que llevan a marchas de mujeres con dolor exigiendo justicia en las calles; sin embargo, antes de llegar a esta cúspide, el acoso contra las niñas y adolescentes se teje de manera silenciosa y cotidiana, a tal grado que ha sido profundamente normalizada desde la infancia.

Creer que el acoso callejero, la intimidación digital o el hostigamiento son problemas exclusivos de la vida adulta es un error, pues en nuestro país, el terreno donde germina la violencia machista se abona mucho antes de que las niñas alcancen la mayoría de edad, iniciando en los patios escolares, en las aulas y en las dinámicas familiares bajo el disfraz de una aparente inocencia que, de inocente no tiene nada. La magnitud del problema lo vemos con los datos presentados por la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (ENDIREH) del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), la cual reportó que el 41.8 por ciento de las mujeres de 15 años y más declaró haber vivido violencia durante su etapa escolar; de ellas, el 78.3 por ciento sufrió violencia sexual (hostigamiento, acoso o tocamiento no consentido), cometida principalmente por compañeros y profesores dentro de las propias instituciones educativas.

Las cifras anteriores son alarmantes y tienen su origen por normalizar frases como: si te molesta es porque le gustas, así son los niños; o por el escrutinio sobre el cuerpo de niñas que apenas comienzan a crecer, siendo los primeros ladrillos de una cultura que enseña a las menores a normalizar la transgresión de sus límites corporales. Cuando una niña experimenta el primer chiflido, la primera mirada lasciva en el transporte público o un comentario sexualizado por parte de compañeros de escuela, muchas veces a una edad tan temprana como antes de los diez o doce años, el mensaje que recibe del entorno es devastador. Los datos de la Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública (ENVIPE) respaldan esta realidad, pues más del 70% de las agresiones y acosos sexuales en la vía pública o transporte tienen como víctimas a niñas y mujeres adolescentes, situando a las menores en un estado permanente de vulnerabilidad.

El acoso infantil no es una etapa inofensiva ni una travesura propia de la edad; es un mecanismo de adiestramiento social, al enseñar a las niñas el miedo, la hipervigilancia y la culpa, obligándolas a restringir sus rutas, a modificar su forma de vestir o a callar para evitar represalias. Es el prólogo de una historia de violencia sistémica que condiciona su libertad y su desarrollo pleno.

Combatir esta realidad en México exige dejar de minimizar lo que ocurre en las infancias. Las instituciones educativas, las familias y la sociedad en su conjunto tienen la urgencia de erradicar la permisividad frente a las microagresiones. No basta con castigar el delito cuando este ya escaló; es indispensable educar en el consentimiento, la autonomía corporal y el respeto radical desde los primeros años de vida.

Si no aprendemos a proteger a las niñas de las violencias sutiles que las acechan en los pupitres y en las calles, seguiremos siendo una sociedad que lamenta las consecuencias mientras alimenta, con su indiferencia, las raíces del problema.

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