El próximo lunes 31 de agosto comenzará el ciclo escolar 2026-2027 y con él, volverán los cuadernos, las mochilas, las loncheras y los uniformes a las aulas, pero también tomará una mayor relevancia, pues las familias tendrán que resolver una discusión que ya se convirtió en asunto público desde hace algunas semanas y que ya no puede estar guardada en el cajón: ¿qué lugar debe ocupar el celular en la educación de nuestras niñas, niños y adolescentes?

En el Estado de México, se tiene considerado el regreso de casi 2.9 millones de estudiantes de educación básica, según datos de la Secretaría de Educación, Ciencia y Tecnología e Innovación; mientras que en el país, la estimación para este regreso a clases es casi de 23.9 millones niñas, niños y adolescentes; por lo que tener esta preocupación, no es un tema menor, ya que hablamos de una generación entera cuya manera de aprender, convivir y mirar el mundo está atravesada por una pantalla digital.

Y es que el regreso a clases mueve al país entero y eso genera una derrama económica importante, según la CONCANACO SERVYTUR se estima una derrama de más de 144 mil millones de pesos, lo que representa un gasto promedio de entre cuatro y seis mil pesos por estudiante, si se considera la compra de útiles, calzado, uniformes, libros, mochilas, entre otras cosas que piden en la lista interminable que manda la escuela; pero para algunas escuelas particulares se agrega incluso una tableta.

En este gasto promedio no está considerado el famoso teléfono celular que es incluso no solo un medio de comunicación, sino una herramienta que utilizan los estudiantes en la escuela, pues llega a ser el único recurso digital de muchas familias y justo así aparece una desigualdad que no podemos dejar de lado.

Por eso, hablar de una simple "prohibición" resulta fácil, pero es insuficiente, ya que un celular puede distraer, interrumpir una tutoría, facilitar la copia o abrir la puerta al ciberacoso; tal como ha señalado la UNESCO, este dispositivo móvil puede afectar la concentración no solo de quien porta el aparato, sino de todo el salón de clases y no lo digo con exageración, en el aula, cada notificación compite contra la voz de una maestra o un maestro que llega dispuesto a dar lo mejor que tiene: sus conocimientos y su pasión por la educación.

Y aquí quiero hablar como madre y como mujer que trabaja todo el día: yo conozco perfectamente la tranquilidad que produce recibir un mensaje tan sencillo que diga: "ya llegué, estoy bien" o recibir una llamada de nuestros hijos y escuchar su voz al otro lado del aparato, eso es realmente la felicidad. Y al igual que yo, miles de madres y padres de familia han encontrado en el celular una forma de comunicación y monitoreo permanente con sus hijos mientras cumplen con sus responsabilidades laborales. Por eso, la solución no es negar la realidad, sino poner las reglas claras para el uso del celular.

Esta semana más de un millón de docentes están participando en la consulta nacional impulsada por el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum, ya que desde los Consejos Técnicos Escolares y de la mano de quienes conocen los salones de clases, se pueden construir los lineamientos para la regulación de los celulares. México no necesita una ocurrencia generalizada, sino una política pública que pueda adaptarse a las edades, los contextos y las necesidades de cada comunidad escolar.

En ese sentido, las maestras y maestros tendrán un papel determinante, ya que tienen claro que regular no es precisamente eliminar la tecnología del sistema de enseñanza, sino armonizarla con la planeación pedagógica. Cuando una tableta, un teléfono o una herramienta de inteligencia artificial tenga un propósito educativo claro, deberá ponerse al servicio del aprendizaje; cuando lo interrumpa, tendrá que quedar fuera de la dinámica del aula.

Por lo que será importante que también las familias asumamos nuestra responsabilidad al entregar un celular a una niña o a un niño, pues no es solamente comprar un aparato: es abrirle la puerta a redes, contenidos, personas y algoritmos que no siempre está preparado para enfrentar. La edad, la madurez, los horarios, los controles parentales y las reglas de uso importan y mucho.

No podemos exigirle a la escuela que corrija en cinco horas lo que en casa permitimos sin límites durante el resto del día.

Pero tampoco podemos dejar fuera a las empresas que desarrollan las plataformas digitales, ya que también ellos deben asumir obligaciones verificables en materia de privacidad, contenidos, seguridad y protección de las infancias.

Es decir, no basta con retirar el celular del pupitre si dejamos intactos los algoritmos que acompañan a nuestras niñas y niños hasta la habitación.

Esa es realmente la tesis de fondo, la transformación educativa también debe entrar al territorio digital: con magisterio escuchado, familias presentes, Estado responsible e incluso empresas desarrolladoras de plataformas digitales sometidas a reglas especiales para los menores de edad.

Porque una educación verdaderamente humanista no pone a la infancia al servicio de la tecnología; pone la tecnología, con límites y propósito, al servicio del aprendizaje y de la vida.

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