Durante mucho tiempo, un pronóstico de cielo despejado representaba para los montañistas una de las mejores noticias, porque ofrecía condiciones favorables para intentar una ascensión. Sin embargo, hoy en algunas de las grandes cordilleras del mundo, esa misma previsión adquiere un significado muy distinto.

Agencias internacionales y publicaciones especializadas han documentado recientemente cómo las altas temperaturas están modificando los protocolos de seguridad. El desafío ya no depende únicamente del estado del tiempo, sino también del calor que transforma glaciares y paredes rocosas.

Uno de los procesos más estudiados por la comunidad científica es la degradación del permafrost, la capa de suelo que permanece congelada durante al menos dos años consecutivos, debido a que, en numerosas zonas de alta montaña, ese hielo contribuye a mantener la estabilidad de bloques y paredes rocosas.

No obstante, cuando pierde consistencia a causa del aumento de la temperatura, puede generar inestabilidad y elevar el riesgo de desprendimientos.

El pronóstico meteorológico continúa siendo indispensable, pero en determinados escenarios resulta insuficiente. Hoy es necesario evaluar también el estado del glaciar, la estabilidad del terreno y las condiciones cambiantes de muchas elevaciones.

Porque una montaña no es solo una formación geológica. Es también paisaje, memoria e identidad. Cuánta razón tiene el geógrafo español Eduardo Martínez de Pisón al afirmar que el paisaje es el territorio al que agregamos cultura.

Ese vínculo entre naturaleza y cultura, por ejemplo, tiene una expresión profunda en el Estado de México. Recordemos que, durante el siglo XIX, José María Velasco transformó la manera en que contemplábamos nuestras montañas.

Sus obras del Valle de México, el Popocatépetl, el Iztaccíhuatl y otros escenarios naturales, no solamente registraron una geografía, sino que también contribuyeron a consolidar una mirada estética sobre territorios que con el tiempo se convertirían en símbolos de identidad.

Más de un siglo después, nuestros volcanes se enfrentan a nuevos retos. El retroceso de los glaciares, la transformación de los ecosistemas y la presión humana nos obligan a replantear nuestra relación con ellos.

Proteger una montaña no significa únicamente conservar su biodiversidad. Implica reconocer también el valor de un territorio que guarda historia natural, memoria colectiva y una manera de entender nuestra propia existencia.

Por todo ello, resulta indispensable recuperar la mirada sobre nuestras montañas, admirarlas, reconocer su valor y asumir la responsabilidad de protegerlas.

Brújula. Esta semana, el rumbo informativo nos traslada al Parque Nacional Los Glaciares, en la provincia de Santa Cruz, Argentina, donde el emblemático glaciar Perito Moreno, considerado durante décadas uno de los más estables del planeta, comienza a mostrar signos de cambio.

Estudios científicos recientes, basados en imágenes satelitales, revelan que el glaciar presenta un retroceso sostenido y una pérdida de masa, situación que pone en entredicho la percepción de estabilidad que lo había distinguido durante décadas.

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