Al principio, casi nadie hablaba de Aleyda.

Las primeras noticias sobre el crimen ocurrido en Atizapán estuvieron dominadas, naturalmente, por el horror: un integrante de Camilo Séptimo, su esposa embarazada, una pequeña de tres años, una joven que trabajaba con la familia y hasta la mascota habían sido asesinados. El nombre del músico ocupó los titulares y, detrás de él, comenzaron a conocerse los detalles de una tragedia familiar que terminó de tajo con varias vidas.

Pero entre tanto horror hay una historia que merece ser contada de otra manera.

Aleyda Romero tenía 21 años. Era una joven trabajadora, originaria de Chalco, que laboraba en aquella casa y ayudaba en el cuidado de los niños. Una muchacha que, como tantas otras, salió de su comunidad para ganarse la vida y que encontró en el trabajo doméstico una forma de salir adelante.

Y en medio de aquella tragedia, hizo algo que no puede pasar inadvertido: protegió y salvó la vida de un niño.

De acuerdo con lo que se sabe, cuando comenzó la violencia Aleyda le pidió que se escondiera y que no saliera. El pequeño obedeció.

Él sobrevivió.

Aleyda no.

No sabemos qué pasó por su cabeza en esos momentos. No hace falta imaginarlo. Basta saber que, frente al peligro, pensó primero en el niño que estaba bajo su cuidado.

Por eso Aleyda merece ser recordada como la heroína de Atizapán.

No por una hazaña espectacular, sino por algo mucho más sencillo y profundo: cuidar. Hacer lo que hacen todos los días miles de mujeres y hombres que trabajan en casas ajenas como empleadas domésticas, nanas, cuidadoras, choferes, cocineras o personas de confianza.

Gente que entra a la intimidad de las familias, que conoce sus rutinas, que cuida a sus hijos, que acompaña a los mayores y que muchas veces termina siendo parte de la vida cotidiana sin que nadie repare demasiado en ello.

También cuando esas familias son de personas conocidas, artistas, políticos, empresarios o cualquier otra personalidad, quienes trabajan dentro de sus hogares permanecen casi siempre en segundo plano.

Hasta que ocurre una tragedia.

Entonces sus nombres aparecen en una nota y, a veces, vuelven a desaparecer.

Con Aleyda debería ser distinto.

No era solamente “la empleada” como señalaron algunas notas periodísticas. Tenía nombre, 21 años, una familia que la quería, sueños y una vida por delante. Sus seres queridos ahora tienen que enfrentar una ausencia que nunca se esperó así.

Y el niño tendrá que crecer con una historia dolorosa que algún día comprenderá plenamente. Quizá entonces sabrá que, en aquellos minutos de oscuridad, hubo una joven que pensó en salvarlo.

Se llamaba Aleyda.

Todas las víctimas de este crimen merecen justicia. Sus familias merecen respeto, acompañamiento y paz.

Pero entre tanta oscuridad también debemos rescatar un gesto de humanidad. Lo que hizo Aleyda.

El último acto de su vida fue cumplir con el cuidado de quien debía cuidar.

Por eso hoy vale la pena decir su nombre.

Aleyda Romero, la heroína de Atizapán.

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