He escuchado en múltiples ocasiones que una de las cosas que uno tiene que hacer antes de morir es plantar un árbol, pero más allá de eso, la realidad es que plantar un árbol siempre es una invitación para preservar los recursos naturales y contribuir con el medio ambiente, pues gracias a ese pequeño o gran gesto, consigues crear una nueva vida en la naturaleza, la cual perdurará cientos y cientos de años en el planeta.

Sin embargo, esta acción ha ido más allá de una contribución social, este fin de semana se convirtió en una estrategia favorable del Gobierno de México y apostó por la reforestación nacional, es decir, aportó por el futuro.

México vivió La Jornada Nacional de Reforestación 2026 y tuvo una meta ambiciosa: sembrar 6.6 millones de árboles en un solo día en distintos puntos del país, como parte de una visión que coloca al medio ambiente y al territorio en el centro de las políticas públicas.

En el Estado de México, Temoaya fue uno de los puntos principales de esta jornada, con la participación de la gobernadora Delfina, quien se hizo acompañar de la secretaría de Gobernación, Rosa Icela Rodríguez; pero también participaron municipios como Toluca, Lerma, Tecámac, Mexicaltzingo, Nicolás Romero, Ecatepec, Texcoco, Tonanitla, Valle de Bravo, Ocoyoacac, Nezahualcóyotl, La Paz, Chimalhuacán, Chicoloapan, Atenco, entre otros.

Hay que ir más allá de la cifra y profundizar en lo que representa sembrar millones de árboles: el agua que ayudan a conservar, los suelos que protegen, el aire que purifican, la sombra que algún día ofrecerán y, sobre todo, las generaciones que podrán beneficiarse de ellos. En el Estado de México, donde conviven grandes zonas urbanas con importantes regiones forestales y rurales, esta discusión resulta particularmente relevante. El territorio mexiquense es parte fundamental de los equilibrios ambientales de la región centro del país. Lo que ocurre en nuestros bosques no se queda en el bosque: tiene consecuencias en el agua que llega a nuestras comunidades, en la temperatura de nuestras ciudades y en la calidad de vida de millones de personas.

Por eso, reforestar no puede ser únicamente plantar un árbol, el verdadero reto viene después, cuando ese árbol necesita seguimiento, agua, cuidado y protección. Necesita que las comunidades se apropien de él y que las autoridades acompañen ese esfuerzo. De poco serviría una cifra espectacular de árboles plantados si dentro de algunos años no sabemos cuántos sobrevivieron.

En el Estado de México, la gobernadora ha impulsado una visión en la que el territorio, el campo y el cuidado de los recursos naturales forman parte de las prioridades de su gobierno; por lo que ese cambio de perspectiva ha generado un mayor desarrollo.

Y quizá por eso sembrar un árbol tiene algo profundamente político, porque quien siembra un árbol está tomando una decisión sobre un futuro que todavía no conoce; quién lo planta no sabe quién disfrutará su sombra dentro de veinte o treinta años, no sabe qué niña o qué niño crecerá jugando cerca de él, no sabe qué familia dependerá de un ecosistema que hoy ayudamos a conservar y a pesar de ello, decide hacerlo de todas maneras.

Es así que la Jornada Nacional de Reforestación puede ser el comienzo de algo mucho más grande si logramos convertirla en una cultura permanente de cuidado de nuestro planeta, porque sembrar más de seis millones de árboles en un día es realmente una gran hazaña, pero lograr que millones de esos árboles crezcan y permanezcan durante generaciones será la verdadera transformación de nuestro país.

Porque los árboles que hoy sembramos quizá no nos pertenezcan.

Pero el futuro que ayudarán a construir sí.

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