México es hoy una fiesta de pantallas gigantes, camisetas tricolores y estadios desbordados. El Mundial de Fútbol ya está aquí, el balón rueda en nuestras canchas y los ojos de todo el planeta están fijos en nuestras ciudades. La narrativa oficial vende alegría, color y una hospitalidad impecable. Sin embargo, a solo unos kilómetros de los estadios donde se celebran los goles, la realidad de nuestro país no se detiene: las madres buscadoras siguen marchando, con los pies cansados, las palas en la mano y los rostros de sus hijos impresos en el pecho.

En los últimos días, en medio de la euforia mundialista, han surgido voces incómodas que acusan a estas mujeres de querer "arruinar la fiesta" o de intentar manchar la imagen de México ante el turismo internacional. Nada más profundamente injusto y equivocado porque las madres buscadoras no están marchando para invisibilizar el Mundial; están marchando para que el Mundial no termine por invisibilizar a sus desaparecidos.

Es necesario entender que las madres buscadoras no las mueve el rencor contra el fútbol ni el deseo de apagar la alegría de la afición, las mueve la urgencia del presente, ellas saben que mientras el país entero se paraliza frente a una pantalla de televisión, el tiempo sigue corriendo en contra de sus hijos. Su protesta en estos días de máxima audiencia no es un boicot: es un grito de auxilio desesperado en un momento en el que por primera vez el mundo entero está volteando a ver a México.

Tenemos en los estadios una logística perfecta, seguridad de primer nivel y miles de millones de pesos desplegados para garantizar el espectáculo. Mientras que en otro escenario se encuentran las madres que siguen buscando bajo la tierra y con sus propios recursos a sus hijos e hijas, enfrentando la burocracia y el peligro, bajo la sombra de una crisis forense que la fiesta deportiva no puede tapar.

Ver este contraste no significa que esté mal gritar un gol o disfrutar del torneo; el fútbol siempre ha sido un bálsamo necesario, lo condenable es que las autoridades utilicen el ruido de los estadios como una cortina de humo para ensordecer las demandas de justicia. Si el

El Estado mexicano tiene la capacidad de coordinar un evento de esta magnitud, con seguridad blindada y eficiencia impecable, resulta inadmisible que argumente falta de presupuesto o de personal cuando se trata de buscar a las miles de personas desaparecidas.

El Mundial eventualmente terminará, las selecciones regresarán a casa y las luces de los estadios se apagarán, pero cuando el confeti se limpie y la fiesta acabe, las madres buscadoras seguirán ahí, buscando a sus hijas e hijos. Escucharlas hoy, en pleno torneo, no es empañar el evento; es el único acto de dignidad posible para demostrar que este país puede albergar la pasión del fútbol sin perder, en el proceso, su propia humanidad.

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