El 31 de octubre, la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo y la gobernadora del Estado de México, Delfina Gómez Álvarez, encabezaron la supervisión de la construcción del Tren México-Querétaro, en el tramo del municipio mexiquense de Polotitlán.

Este acto abre una oportunidad para discutir el alcance de este proyecto que forma parte de cerca de 2500 kilómetros de vías férreas que se construirán en este sexenio, y que atienden a la visión de la Cuarta Transformación en su segunda etapa, en el ámbito de la movilidad.

Desde los primeros anuncios por parte del expresidente Andrés Manuel López Obrador de recuperar el transporte ferroviario de pasajeros en México, mucho se ha argumentado sobre las repercusiones de una decisión de este corte. Desde una perspectiva de política pública puede sostenerse que es una forma de replantear la forma en que se ha atendido el problema de la movilidad en las últimas décadas en México, en la que el Estado aborda este fenómeno desde sus distintas implicaciones: ambientales y económicas, pero también sociales y territoriales.

De acuerdo con información oficial, esta megaobra registra un avance del 32 por ciento y contempla aproximadamente 232 kilómetros de recorrido desde la estación Buenavista, en Ciudad de México, hasta el centro de Querétaro.

Se estima que el recorrido completo tendrá una duración de dos horas, con seis estaciones principales que atenderán a la población de la Zona Metropolitana del Valle de México, Hidalgo y Querétaro, incluida una estación en Huehuetoca, Estado de México. Asimismo, contará con dos zonas de inspección ferroviaria, una de ellas ubicada en Polotitlán, Estado de México.

El gobierno federal proyecta que el proyecto beneficiará a más de 30 mil personas de 22 municipios que todos los días viajan entre la Ciudad de México y Querétaro. Se estima que el servicio beneficiará anualmente a cerca de 10 millones de pasajeros.

Estos datos no deben hacernos perder de vista que la infraestructura de transporte no es solamente una obra física, sino que su utilidad pública también debe medirse en función de qué tanto sirve para corregir desigualdades territoriales, facilitar el acceso a servicios y ampliar oportunidades económicas o atraer inversión.

Con una inversión estimada de 144 mil millones de pesos, el tren México-Querétaro tiene un carácter estratégico al conectar cuatro entidades: Ciudad de México, Estado de México, Querétaro e Hidalgo. Su potencial reside no solo en términos de movilidad de pasajeros, sino en articular zonas industriales, centros logísticos y corredores industriales que han experimentado un crecimiento significativo en los últimos años.

Desde luego, este potencial está vinculado a la atención de otros retos ante los cuales, los gobiernos federales, estatales y municipales, desde un enfoque de coordinación, están obligados a atender con criterios eficientes y oportunos de planeación urbana y territorial: el desarrollo de sistemas de transporte local, así como la demanda inmobiliaria e industrial alrededor de las estaciones del tren.

Los lamentables accidentes ocurridos en España relacionados con su sistema ferroviario, uno de ellos ocurrido apenas el 28 de octubre, reabren un importante debate a nivel internacional sobre la importancia del mantenimiento de la infraestructura, la coordinación de los centros de control, la capacidad institucional para prevenir accidentes, entre otros aspectos.

Desde luego, la enseñanza para México no es que los trenes para pasajeros sean un medio de transporte inseguro. Lo que la experiencia comparada nos dice es que la seguridad ferroviaria no debe depender exclusivamente de la tecnología, sino que exige un sistema integral de prevención, vigilancia, mantenimiento y rendición de cuentas constante.

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