Hay violencias que no dejan moretones en la piel, pero desgarran el alma. Una de ellas es la violencia vicaria: cuando una mujer es lastimada a través de las personas que más ama, particularmente sus hijas e hijos.

Después de una separación, algunas madres enfrentan una nueva forma de violencia: sus hijos escuchan que ella es la mala, la culpable, la que no los quiere o la responsable de los problemas familiares. El padre puede presentarse como protector mientras desacredita a la madre y deteriora el vínculo afectivo que existe entre ellos.

Así, la mujer que intenta reconstruir su vida termina defendiendo su maternidad, mientras sus hijos quedan atrapados en una disputa que nunca debió involucrarlos.

¿Qué sucede cuando el amor de los hijos se convierte en un instrumento de castigo?

La violencia vicaria puede manifestarse mediante amenazas, retenciones, manipulación, descalificaciones o acciones destinadas a dañar a una mujer a través de sus seres queridos. No toda disputa familiar constituye violencia vicaria ni toda negativa de un hijo a convivir con su madre demuestra manipulación; cada caso debe investigarse con seriedad, escuchando a las infancias y protegiendo sus derechos.

En México, la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencias, en su artículo 6, fracción VI, reconoce la violencia a través de interpósita persona. Incluye conductas dirigidas contra hijas, hijos, familiares o personas allegadas con la intención de causar daño a una mujer, como amenazar con sustraer a sus hijos, utilizarlos para obtener información o afectar deliberadamente el vínculo materno-filial.

En el Estado de México, el artículo 218 Bis del Código Penal contempla el delito de violencia vicaria. Su aplicación depende de las conductas acreditadas y de los elementos previstos en la legislación vigente.

Sin embargo, el reconocimiento legal debe traducirse en investigaciones diligentes, medidas de protección y decisiones judiciales que atiendan el contexto de violencia, sin prejuicios ni revictimización.

También debemos cuestionar una sociedad que exige a las mujeres ser madres perfectas, pero que con frecuencia las juzga antes de escuchar su historia. Si denuncian, pueden ser señaladas como conflictivas; si se separan, como responsables de destruir la familia; y si luchan por conservar el vínculo con sus hijos, como incapaces de aceptar una nueva realidad.

La paternidad responsable no necesita destruir la imagen de una madre. Los hijos no son mensajeros, jueces ni instrumentos de venganza. Tienen derecho a amar sin culpa, a ser escuchados y a crecer libres de violencia.

La justicia debe investigar sin prejuicios y proteger sin demora cuando exista riesgo.

Porque cuando se utiliza a los hijos para herir a una madre, también se lastima la infancia.

La pregunta no es quién ganó la separación, sino qué estamos haciendo para que nuestras hijas e hijos nunca tengan que elegir entre amar a su madre y amar a su padre.

En Alquimia Femenina, recordemos que ninguna mujer debe demostrar que es perfecta para merecer protección y que ningún niño debería pagar el precio del resentimiento de los adultos.

Síguenos en nuestras redes sociales:

Instagram: , Facebook: y X:

Google News

TEMAS RELACIONADOS