Un cuerpo libre de decisiones ajenas
Este lunes, las mujeres volverán a salir a las calles. Algunas llevarán pañuelos verdes, otras carteles, otras fotografías, otras simplemente caminarán junto a sus compañeras. Habrá quienes griten consignas, quienes guarden silencio y quienes quizá no estén de acuerdo con todas las expresiones de la movilización, pero compartan una preocupación: que las decisiones sobre la vida, el cuerpo y el futuro de las mujeres no sean tomadas por otros.
Cada año, cuando llega el 28 de septiembre, vuelve la misma pregunta: ¿qué están reclamando las mujeres y por qué tienen que salir nuevamente a las calles?
La respuesta parece sencilla, pero no lo es.
El 28S es una fecha internacional vinculada con la exigencia de acceso al aborto legal y seguro y con la defensa de los derechos sexuales y reproductivos. Sin embargo, reducir esta jornada exclusivamente a la palabra "aborto" puede hacernos perder de vista una conversación mucho más profunda: la autonomía, la libertad, la información, la salud, la dignidad y la capacidad de cada persona para participar en las decisiones que afectan su propio proyecto de vida.
Porque hablar del derecho a decidir no significa solamente hablar de una decisión.
Significa preguntarnos quién decide sobre nuestros cuerpos, bajo qué circunstancias, con qué información y con qué consecuencias.
Y ahí comienza una conversación que debería interesarnos a todas y todos.
¿Qué se está discutiendo realmente?
Durante años, la discusión pública alrededor del aborto ha estado marcada por posiciones profundamente encontradas.
Para algunas personas, el tema se relaciona con convicciones éticas, religiosas o personales. Para otras, representa principalmente una cuestión de derechos humanos, salud pública y autonomía corporal. Existen también quienes consideran que ninguna de las posiciones puede comprenderse sin hablar de las circunstancias concretas que rodean cada embarazo.
La realidad, como casi siempre, es mucho más compleja que una consigna.
No todas las mujeres viven un embarazo bajo las mismas condiciones.
No es lo mismo una mujer adulta que una niña víctima de violencia sexual. No es lo mismo un embarazo acompañado de una red familiar que uno atravesado por abandono, pobreza, violencia o coerción. No es lo mismo decidir con información y acompañamiento que hacerlo bajo presión, miedo o desconocimiento.
Por eso, cuando hablamos de libertad, necesitamos preguntarnos qué condiciones hacen posible una decisión verdaderamente libre.
Porque la libertad no puede existir únicamente en el papel.
Una mujer puede tener reconocido formalmente un derecho y, sin embargo, encontrar obstáculos para ejercerlo. Puede desconocer que tiene ese derecho. Puede no saber a dónde acudir. Puede encontrarse con barreras institucionales. Puede tener miedo de ser juzgada. Puede vivir violencia en su propia casa. Puede depender económicamente de otra persona.
Y entonces aparece una pregunta incómoda:
¿Podemos hablar de libertad cuando las condiciones para ejercerla no existen?
Un cuerpo libre de decisiones ajenas
Hay una frase que quizá debería acompañar toda la discusión del 28S:
Mi cuerpo no es un territorio de decisiones ajenas.
Pero esa frase también exige responsabilidad.
Hablar de autonomía corporal no significa desconocer que nuestras decisiones tienen dimensiones familiares, sociales, médicas y jurídicas. Significa reconocer que ninguna persona debería ser obligada a entregar el control absoluto sobre su cuerpo a otra persona, institución o autoridad.
Y aquí debemos detenernos.
Porque durante mucho tiempo a las mujeres se les ha dicho qué hacer con su cuerpo.
La historia de las mujeres también puede leerse como una historia de disputas por la capacidad de decidir sobre sus propias vidas.
Por eso, el 28S no puede entenderse únicamente desde una discusión jurídica. También debe entenderse desde una conversación social.
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