La guerra de Independencia en México generó una historia tal vez única en el mundo. A la lucha de los hombres en los campos de batalla, se sumó una otra desde la fe. Dos vírgenes quedaron frente a frente. Una fue tomada en Atotonilco, Guanajuato, por Miguel Hidalgo. La otra bajó de su santuario en Naucalpan, Estado de México, para defender la causa del rey.
Luego del famoso Grito, en el pueblo de Atotonilco, Hidalgo tomó una imagen de la Virgen de Guadalupe y la convirtió en estandarte de los insurgentes. Aquella imagen religiosa se transformó en bandera, consigna y símbolo de una rebelión que todavía no sabía hasta dónde llegaría.
La respuesta no tardó.
Del otro lado estaba una virgen mucho más antigua: Nuestra Señora de los Remedios, venerada en lo alto del cerro que domina Naucalpan.
Su historia venía de mucho antes de la Independencia. La pequeña talla de madera había llegado a México en 1519 con Juan Rodríguez de Villafuerte, soldado de Hernán Cortés. Tras los primeros años de la Conquista, su culto quedó ligado a aquel lugar de Naucalpan donde, según la tradición, fue encontrada después de haber sido escondida durante la retirada española de la Noche Triste. El santuario comenzó a levantarse en el siglo XVI y terminó convirtiéndose en uno de los grandes centros de devoción novohispana.
Por eso, cuando Hidalgo se acercó a la capital, los realistas tenían su propio símbolo.
El virrey Francisco Xavier Venegas mandó sacar a la Virgen de los Remedios de su santuario. El 31 de octubre de 1810, mientras la amenaza insurgente rondaba las puertas de la Ciudad de México, la imagen fue llevada a la Catedral. Allí recibió honores militares y quedó asociada a la defensa realista. Con el tiempo sería conocida como La Generala.
Así quedaron frente a frente dos imágenes de María.
Pero la historia tiene ironías. Una y otra habían sido veneradas durante siglos por habitantes de la misma tierra. Una cargaba con el significado de la Conquista; la otra, con una identidad religiosa que ya era profundamente novohispana.
La guerra terminó en 1821. El ejército insurgente entró triunfante a la capital y aquella batalla de símbolos perdió su razón de ser.
Quedó, sin embargo, la memoria.
En Naucalpan permanece una de sus huellas más poderosas: una pequeña virgen de madera que, mucho antes de convertirse en La Generala, ya había recorrido medio milenio de historia mexicana. Que había consolado a los españoles en la Noche Triste, y que después los vio zucumbir ante los hijos del nuevo pueblo que habían forjado.
Pero es que la guerra de las vírgenes nunca fue realmente una guerra entre ellas, sino una guerra de hombres que las puso a pelear en su nombre.
Las dos sobrevivieron porque, en realidad, ninguna pertenecía por completo a un bando. Eran parte de la memoria de un país que estaba naciendo, en un parto con olor a pólvora y sangre. Una nación que estaba aprendiendo a llamarse México.
Síguenos en nuestras redes sociales:
Instagram: @eluniversaledomex, Facebook: El Universal Edomex y X: @Univ_Edomex
























