No todos los obispos reciben una diócesis. Algunos reciben el retrato de un país. Eso ocurrirá hoy, 22 de julio, en Ecatepec.

Cuando Onésimo Cepeda Silva llegó a Ecatepec en 1995, recibió una diócesis recién creada por San Juan Pablo II. Su misión era construir una nueva Iglesia para un municipio que crecía a un ritmo vertiginoso. Lo hizo con un estilo mediático, frontal y polémico que lo convirtió en uno de los obispos más conocidos del país.

Después, Óscar Roberto Domínguez Couttolenc encontró una realidad distinta. La prioridad ya no era dar identidad a la diócesis, sino consolidar su presencia pastoral en un territorio marcado por la inseguridad, la pobreza y la fragmentación social. Su episcopado se distinguió por un perfil más discreto y cercano a las comunidades.

Este día comenzará una tercera etapa.

José Guadalupe Torres Campos no sólo llegará a la cátedra episcopal. Recibirá el espejo de Ecatepec: un municipio que resume muchas de las contradicciones de México. Aquí conviven una de las devociones guadalupanas más importantes del país, expresada en el Santuario de la Quinta Aparición, en Tulpetlac, con algunos de los mayores desafíos sociales de la zona metropolitana; enormes proyectos de infraestructura con profundas desigualdades; una intensa vida comunitaria que se desarrolla en la desconfianza institucional.

Quizá por eso el itinerario elegido para su primer día resulta tan revelador. Antes de llegar a la Catedral del Sagrado Corazón de Jesús hará una escala en el oriente de Tlalnepantla, que también forma parte de la diócesis. Estará en San Juan Ixhuatepec para rendir homenaje a las víctimas de la explosión de 1984. Después visitará el Santuario de la Quinta Aparición y, finalmente, caminará junto a los fieles hasta la sede de la diócesis.

No es sólo un protocolo. Es una manera de decir que la memoria, la identidad y la cercanía antecede al ejercicio de la autoridad.

La Iglesia que recibe tampoco es la misma de hace treinta años. Hoy enfrenta el desafío de dialogar con generaciones que se relacionan de otra forma con la fe, con comunidades que demandan acompañamiento más que solemnidad y con una sociedad que exige que toda institución demuestre su utilidad pública.

En ese contexto, el nuevo obispo llega con una experiencia significativa. Durante 11 años desempeñó su ministerio en Ciudad Juárez, una de las diócesis más complejas del país por fenómenos como la violencia, la migración y la vulnerabilidad social. Esa experiencia puede ser especialmente valiosa en un territorio como

Ecatepec, donde la Iglesia está llamada a ser algo más que administradora de sacramentos: puede convertirse en un puente para reconstruir la comunidad.

Porque el verdadero reto de José Guadalupe Torres Campos no será sucedir a Onésimo Cepeda ni a Óscar Roberto Domínguez. Será responder a una pregunta mucho más difícil: ¿qué Iglesia necesita hoy Ecatepec?

La respuesta no se encontrará únicamente en la Catedral. Comenzará a escribirse en las calles que decidió recorrer desde el primer día.

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