La pregunta no es solamente semántica. La Organización de las Naciones Unidas sostiene que los desastres no son naturales. Una inundación, una avalancha o un terremoto son fenómenos naturales que se convierten en desastre al interactuar con la exposición y la vulnerabilidad de las comunidades. Incluso existen peligros socionaturales, en los que intervienen factores naturales y humanos, como la degradación ambiental y el cambio climático.
La precisión importa porque llamarlos naturales puede hacernos pensar que son inevitables y que poco podemos hacer para reducir sus consecuencias. Y es precisamente en las montañas donde esta distinción adquiere cada vez mayor relevancia.
En menos de un mes, tres episodios ocurridos en distintas cordilleras revelan cómo un clima cambiante está modificando las condiciones en las que ascendemos y recorremos estos territorios.
El primero ocurrió el 11 de agosto en el Mont Blanc, en los Alpes. El municipio francés de Saint-Gervais-les-Bains ordenó el cierre temporal de los refugios de Tête Rousse y Goûter, en la ruta normal de ascenso, debido al incremento de los desprendimientos de roca. Las autoridades atribuyeron el peligro a las altas temperaturas y la sequía, que habían debilitado las paredes rocosas.
El cierre mostró una consecuencia inmediata del deterioro ambiental: una de las montañas más visitadas de Europa tuvo que modificar sus protocolos y decisiones de seguridad.
Dos semanas después, una catástrofe de dimensiones mucho mayores devastó zonas del norte y centro de Nepal, así como la región fronteriza con el Tíbet. Al cierre de esta edición, se reportan cerca de mil 400 cuerpos recuperados y más de cinco mil personas desaparecidas, mientras continuaban las labores de búsqueda y rescate.
Las investigaciones disponibles apuntan a una avalancha de hielo y roca como detonante de las inundaciones que arrastraron agua, rocas y sedimentos hacia los valles. En un contexto de calentamiento global, sabemos que la pérdida de masa y la inestabilidad de los glaciares puede elevar determinados riesgos en el Himalaya.
Apenas el 6 de septiembre, una inundación súbita afectó el circuito de trekking del Manaslu, en Nepal. La crecida destruyó puentes y dañó senderos e instalaciones, por lo que las autoridades suspendieron temporalmente el tránsito por el circuito y el paso Larke.
La temporada de ascensos ya estaba en curso. Al 3 de septiembre, 348 alpinistas de 29 equipos tenían permisos para intentar la cumbre del Manaslu (8,163 m). La inundación volvió a alterar las condiciones de seguridad para quienes se encontraban en la región.
Son tres acontecimientos de distinta escala, ocurridos en menos de un mes, que revelan una misma tendencia: las condiciones de la montaña están cambiando y nos obligan a revisar la gestión del riesgo.
El cambio climático no explica por sí solo todos los riesgos en la montaña ni cada uno de estos episodios. Sin embargo, puede alterar la estabilidad del hielo y los patrones de precipitación, así como aumentar la incertidumbre para quienes viven o visitan estas grandes elevaciones. Por eso, debemos cambiar también la manera en que nombramos lo que sucede.
Las montañas siempre han estado expuestas a peligros naturales. Lo que cambia son la exposición y la vulnerabilidad de quienes las habitan o recorren y, con ellas, nuestra responsabilidad de anticipar los riesgos, reducir sus consecuencias y aprender a convivir con un entorno que ya no es el mismo.
Esa es la lección: si las montañas están cambiando, nosotros debemos también modificar la forma en que las entendemos, las recorremos y nos preparamos para ascenderlas.
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