Tenía manos agrestes y nos regalaba una mirada alegre

Cleotilde estaba pariendo por segunda vez, entre profundos dolores, en un cuarto apenas iluminado por dos velas desgastadas. La noche había caído. Aunque había llegado tarde, la partera de San Agustín Altamirano, Villa Victoria, Estado de México, ya estaba al lado de su cama.

Raúl, su marido, esperaba afuera de la casa de adobe, rogando a Dios que todo saliera bien. Aguardaba a que la comadrona le anunciara que el parto había terminado sin contratiempos. Hacía algo de calor y había comenzado a llover. Era junio: tiempo de sembrar el maíz de aquel año.

Por fin, la matrona Elisa le dijo: «Don Raúl, su mujer le dio un varón». Sin darle respiro, le aventó la pregunta: «¿Ya sabe cómo se llamará su hijo?». Él atinó a responder: «Claro, se llamará Isidro». La elección no correspondía al día de su nacimiento. Se le ocurrió porque semanas antes había pasado el 15 de mayo, día de San Isidro, y creyó que aquel nombre era lo mejor. Mientras acariciaba a su mujer, que se reponía del alumbramiento, pensaba que quizá había nacido el hijo que se quedaría con ellos.

Isidro creció y permaneció el resto de su vida en San Agustín Altamirano, entre caminos de terracería, veredas, cañadas y milpas. Después vería nacer a otras cuatro hermanas y tres hermanos en aquel medio rural e indígena, sin electricidad, agua potable ni gas. Él y su familia se quitaban la sed con pulque tibio.

Con el paso de los años, sin saber bien por qué, decidió que pasaría su vida cultivando el campo. La siembra, el barbecho, la cosecha y la crianza de gallinas, guajolotes y ganado vacuno marcaron el ir y venir cíclico de su existencia.

Isidro nació el 17 de junio de 1969. Fue un hombre de campo, de profunda vocación silencie, tímidamente alegre. Vestía a diario ropa para el trabajo rudo y se protegía del sol con un sombrero vaquero de palma, beige claro, de ala ancha curvada hacia arriba a los lados, con una cinta delgada alrededor de la base de la copa. Nunca tuvo seguridad social. Había atendido la mayoría de sus padecimientos con remedios caseros y no fumaba tabaco. Decía que el campo requería de toda su fuerza.

Después de vivir con una dolencia en el pecho a la que se había acostumbrado, el pasado 26 de septiembre, a las 17:22 horas, recibió el diagnóstico de cáncer de esófago. Buscó ayuda en el sistema de salud estatal. La atención no llegó: su solicitud quedó a medio camino en la plataforma de «Seguimiento de Asuntos», con el estatus de «canalizado». Pidió ayuda en el Instituto Nacional de Cáncerología. Le respondieron que sí, que era candidato a recibir atención, pero que su cita sería hasta el próximo 3 de noviembre.

El pasado 10 de octubre, Isidro murió a los 57 años. Era un mexiquense sin derechohabiencia que necesitaba atención oncológica. No alcanzó a recibir tratamiento en el IMSS, en IMSS-Bienestar ni en el Centro Oncológico Estatal del ISSEMYM. Su solicitud quedó «canalizada»; su cita, pendiente. Para Isidro, el sistema de salud no respondió a tiempo. El 3 de noviembre todavía no llega. Él ya no estará para acudir.

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