Si usted hace una breve revisión retrospectiva, constató que los partidos políticos nacionales —PRI, PAN, PRD, Verde Ecologista, Morena y Movimiento Ciudadano— han tenido oportunidades de gobernar en distintos ámbitos, mediante elecciones más o menos transparentes. Sin embargo, unos más que otros, han terminado subyugados por las mieles del mando, los privilegios y los encantos que produce ejercer dominio sobre los demás.
Para muestra, un brevísimo recuento. Haré un corte de caja relativamente reciente, sin hacer tabula rasa de la historia anterior, que tampoco está exenta de semejantes desfiguros.
El hermano de un expresidente de México fue encarcelado y acusado de diversos delitos, entre ellos enriquecimiento ilícito. Años más tarde resultó exonerado. Ni sus paseos en yates ni las explicaciones que ofreció lograron borrar de la memoria pública el mote de «hermano incómodo».
Tras el asesinato de su candidato presidencial, el régimen partidista lo sustituyó por otro. El nuevo mandatario ganó las elecciones y dejó, entre otros saldos, una crisis económica devastadora y el controvertido rescate bancario asociado al Fobaproa, cuyas consecuencias se trasladaron a las finanzas públicas. Después se marchó al extranjero para desempeñarse en el mundo corporativo. Vaya itinerario.
Un día, quien había fundado un partido cobijado por la presuntamente inmaculada agenda medioambientalista vio cómo su insigne vástago convertía las alianzas electorales en un negocio de conveniencias. La práctica verde, lejos de marchitarse, continúa dando frutos: dividendos políticos, curules y una sorprendente capacidad para florecer en cualquier estación.
Un presunto ranchero —de pocas luces, según sus detractores, y acaso más necesitado de afecto que de reconocimiento— prometió el cambio democrático. En el amanecer del siglo XXI, buena parte del electorado le creyó y lo llevó a la Presidencia. No tardaron en llegar los escándalos: las célebres toallas de costo estratosférico y los cuestionamientos sobre negocios vinculados con los hijos de la señora Marta. La economía de los «changarros» no parecía alcanzar para explicar semejantes prosperidades.
En medio de aquel zafarrancho, en la capital del país, un operador cercano a un gobernante que proclamaba su incorruptibilidad fue filmado infraganti mientras guardaba fajos de billetes en un portafolios, algunos sujetos con ligas. Dijo que eran recursos para «la causa». Aquellas imágenes se volvieron una estampa difícil de arrancar de la memoria política. Viene al caso una sentencia atribuida a Sófocles: «Una mentira nunca vive hasta hacerse vieja».
El sucesor del panismo intentó prolongar seis años más el gobierno albiazul. Su sexenio quedó marcado por la violencia, las controversias de legitimidad surgidas de la elección de 2006 y las acusaciones que acompañaron a personajes de su entorno. El poder, otra vez, mostró que no basta con conquistarlo para ejercerlo con prudencia.
Cuando algunos imaginaron que el regreso del tricolor permitiría enderezar el timón de la nación, pronto aparecieron los viejos vicios con nuevo vestuario. Aquel joven mandatario, encandilado por destellos mediáticos, nunca consiguió ofrecer una explicación políticamente convincente sobre la llamada «Casa Blanca». Terminó, más bien, divorciado de su esposa y de la realidad.
Otro joven atrabancado, cuya trayectoria pública se ha visto acompañada por una llamativa afición al golf y por el fulgor de su apellido político, pareció poner en reposo su fosforescente responsabilidad gubernamental mientras buscaba acomodo en aspiraciones de mayor alcance. La política convertida en escaparate tampoco es una rareza de nuestros días.
Finalmente, cuando una parte de la ciudadanía decidió votar por una opción presentada como «antirrégimen», descubrió que la alternancia tampoco ofrecía garantías contra las tentaciones del mando. Cambiaron las siglas y las proclamas, pero no desaparecieron las disputas por el control, los privilegios ni la propensión a confundir lealtades personales con responsabilidades públicas.
Por eso, los acontecimientos políticos de estos días, así como las controversias que han rodeado a Guadalupe Taddei en el INE y a otras figuras públicas, merecen examinarse con el mismo rasero crítico, sin absoluciones anticipadas ni condenas por consigna. La historia nacional enseña que la omnipotencia suele tentar a quienes se acostumbran a mandar. Aquí resulta pertinente una reflexión expuesta por el gran Séneca: no es el poder por sí mismo lo que corrompe, sino la ausencia de sabiduría y autocontrol ante la ambición.
El poder cambia de manos; sus vicios, en cambio, parecen disponer de una envidiable capacidad de supervivencia. La prueba de una transformación democrática no está en las promesas de quienes llegan, sino en los límites que aceptan cuando ya gobiernan. Porque una cosa es conquistar el poder y otra, bastante más difícil, resistirse a sus mieles.
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