Cada vez que la Selección Mexicana juega un torneo importante ocurre un fenómeno que rebasa al deporte: millones de personas suspenden momentáneamente su sentido crítico para abrazar la esperanza de que, ahora sí, llegaremos más lejos. Ese optimismo, sin embargo, dice mucho más sobre nuestra cultura política que sobre nuestro fútbol.

En medio de esta Copa Mundial de la FIFA 2026 que seguiremos degustando de otra manera, nos atrevimos a llegar hasta las fronteras del ¿Y, si sí...? Eduardo Galeano recordaba que el futbol es, al mismo tiempo, espectáculo, negocio y pasión colectiva.

Desde que supimos, una parte de la población mexicana –especialmente aquella aficionada al futbol—no pudo evitar abrazar sentimientos encontrados: orgullo, esperanza, ansiedad y una confianza que, por momentos, rozó la omnipotencia.

En tanta masa, a la manera de Elias Canetti, nos igualamos para dar cuenta de esas profundas cualidades convertidas en esperanza colectiva y mediática. Cual contagio emocional, esa osadía nos conduce a soñar con traspasar esa frontera del quinto partido que se nos ha resistido, pero que pudiese colocarnos, adosados a la Selección Mexicana—por un buen rato en los anhelados (y siempre frustrados) cuartos de final.

Por supuesto, nuestro juicio crítico individual, en tanto masa, lo hemos dejado en suspenso para soñar otra realidad. Es por ello que, a pesar de esos intrincados pensamientos e irracionales sentimientos, parece que nada podría detenernos como selección mexicana.

Toda persona que osara conducir a la serenidad, al decoro de nuestra tradición futbolera, en tanto selección mexicanísima, podría irse ipso facto a saludar acremente a su progenitora. Antes de las seis de la tarde del pasado domingo 5 de julio, quien se atreviera a decir que el equipo nacional podría perder el partido ante el seleccionado de Inglaterra, se arriesgaba a ser calificado como antipatriota, aguafiestas, pesimista, antinacional o digno del más recalcitrante rechazo de la mexicanidad.

Aquellas diez estrofas (casi nunca cantadas) o pedazos de cantos, mandados a hacer por el vituperado presidente de México Antonio de Padua María Severino López de Santa Anna y Pérez de Lebrón (1794-1876), resonaron al inicio de cada partido de futbol para decirnos y recordarnos que:

Mexicanos al grito de guerra...

Al sonoro rugir del cañón.

Pero si osare un extraño enemigo

Profanar con su planta tu suelo,

¡Piensa ¡Oh Patria querida! que el cielo

un soldado en cada hijo te dio.

Con esos enunciados a voz en cuello, a cada momento pensamos que esa pedacería de símbolo patrio nos conduciría a traspasar ese impenetrable quinto encuentro que oscurece nuestra historia futbolera.

Mientras sigamos creyendo que los campeonatos se improvisan, seguiremos esperando, torneo tras torneo, ese inalcanzable sexto partido que, en realidad, comienza mucho antes de que ruede el balón.

Síguenos en nuestras redes sociales:

Instagram: , Facebook: y X:

Google News

TEMAS RELACIONADOS