Si la esperanza en un futuro mejor fue durante décadas el nirvana del neoliberalismo, los estudios de Piketty descritos en su obra: “El capital en su siglo XXI, (2013)”, exhibieron que ni la meritocracia funcionaba ni era cierto que todos podíamos ser felices, como ciertamente también ha relatado Byung Chul-Han en su obra, “Psicopolítica, (2014)”, y aunque en su libro más reciente “Sin respeto, (2026)” habla de un futuro más esperanzador. Sea por las condiciones económicas o por el cambio de paradigma en el desarrollo, algo se rompió en el alma juvenil de los millennials y los centennials, y todo parece indicar que se heredará también a los jóvenes de la generación alfa.

La ruta de ascenso social prometida generó agravios incalculables, ya no se trata solamente de indicadores económicos, esos desencantos se traducen también en los niveles de natalidad más bajos en los últimos años, los jóvenes no tienen incentivos para casarse y mucho menos para tener hijos, en el caso mexicano, de acuerdo con el INEGI, en 2024 se registraron 1 millones 672 mil 227 nacimientos y la tasa fue de 47.7 nacimientos por cada mil mujeres de 15 a 49 años, con una caída de 4.5 puntos respecto a 2023, el mismo informe estima que para este 2026 se proyecta una tasa de 20.8 nacimientos por cada mil habitantes, tomando en cuenta esta tendencia, el Programa Nacional de Población describe como el país ha experimentado una transformación profunda en su dinámica y estructura demográficas, donde la tasa de crecimiento poblacional disminuyó de forma sostenida, al pasar de 3.2% anual en la década de los años 70, cuando la población tendía a duplicarse cada 20 años, a menos del 1% en la actualidad. Por primera vez en nuestra historia documentada, habrá más adultos que niños. Las tasas de fecundidad han caído a niveles mínimos en distintos países y, en nuestro caso, la prospectiva nos sitúa en ese rumbo. De acuerdo con el informe de las Naciones Unidas (2025), en 2018, por primera vez en la historia, las personas de 65 años o más a nivel mundial superaron en número a los niños menores de cinco años.

El sentimiento que domina a nuestras juventudes es el pesimismo, sea por las “promesas incumplidas de la democracia” aludiendo el texto clásico de Norberto Bobbio, como por la caída vertiginosa en la confianza hacia las instituciones públicas (como ya lo relaté en la columna: Insularismo; las nuevas desconfianzas) que atenta contra la llamada: “Vida en sociedad”, aquel viejo pacto civilizatorio de los tiempos modernos. En el libro, La rebeldía se volvió de derecha (2026), los articulistas exhiben diversas experiencias sobre esas diferencias alternativas que usan como estrategia, la inversión de roles y los movimientos radicales utilizan la transgresión y el antiprogresismo como un potente aglutinador de desconfianza de la época.

A pesar del crecimiento proporcional de los adultos mayores, los electores de entre 18-35 años de edad siguen dominando con su participación (36.8% de electores para el caso de México). Por eso los resultados electorales parecen inesperados; los jóvenes son veleidosos e impredecibles. Un meme que sintetice el ánimo juvenil o una estrategia en redes muy bien estructurada le puede ganar a los candidatos del sistema, como sucedió con Zohran Mamdaniel el popular alcalde de Nueva York quien fue la excepción que confirma la regla.

La izquierda no está muerta, es sólo que no ha conseguido conectar con los nuevos electores a quien le sobra todo menos tiempo y paradójicamente, prefieren invertirlo en dispositivos, que a su vez se ha convertido en el Ágora del mundo actual.

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