“Es deber de los gobernantes formar a los ciudadanos en la virtud y habituarles a ellas”, dice Aristóteles en Ética Nicómaco, aquella lección escrita para su hijo y en donde hereda a la humanidad su mayor tesoro. La política y la ética han vivido separadas desde tiempos inmemoriales.
Se atribuye el primer caso de corrupción documentado en Atenas a un funcionario menor llamado Aristómaco, presidente de la Academia de lucha libre, quien fue condenado y multado por un delito casi banal: trasladó una piqueta perteneciente a la escuela pública a su jardín privado. Sin embargo, el ejemplo más paradigmático y de mayor escala lo protagonizó Pericles, el líder indiscutible de la democracia ateniense. Mientras que Aristómaco era perseguido por la justicia, se sabe que Pericles utilizó su inmenso poder e influencia para desviar recursos públicos; un ejemplo de esto fue la construcción de las obras maestras de la Acrópolis, como el Partenón. Historiadores como Plutarco señalaron que, en un contexto de guerra inminente contra Esparta, Pericles concentró todos los recursos de la Liga de Delos en Atenas y utilizó el tesoro de la alianza para financiar su ambicioso programa de construcciones, justificando su decisión ante la Asamblea. De esta manera, transformó el poder naval de Grecia en un imperio cultural y militar dominado por Atenas, argumentando que la ciudad no tenía que rendir cuentas a sus aliados sobre el uso del dinero común, siempre que les proporcionará seguridad.
Fueron justamente los helénicos quienes estudiaron el comportamiento humano estableciendo desde entonces normas de conducta que se agrupan en torno a las virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza. Bajo las mismas premisas:
“La premisa que sostiene que el que va a ser feliz no debe intentar enriquecerse, sino enriquecerse justamente y con templanza, podría convertirse en nuestra maestra y así no tendrían lugar en las ciudades homicidios que deban purificarse con más homicidios.” (Platón, Las Leyes, Libro IX, 870 c).
“Quien es prudente establece la regla de la conducta moral por medio de cuatro deberes básicos, de los que yo me siento incapaz de cumplir a la perfección ni uno solo. La bondad, la humanidad, el respeto y la lealtad. El hombre prudente cumple con todas estas obligaciones y, a la vez, práctica todas las virtudes eternas; es diligente y se esfuerza en cumplir todas sus obligaciones; es mesurado al hablar, ya que elude toda palabra inútil; actúa siempre con rectitud y prudencia.” (Confucio citado por Yáñez, 2002, 139-140).[1]
Lo anterior viene a colación, porque un día sí y otro también aparecen escándalos protagonizados por nuestros líderes políticos que se esmeran en superar al del día anterior. Apenas los hijos de algún gobernante en turno aparecen presumiendo lo bien que les va en la vida desde que su “papá” estrena cargo público, para que de inmediato surja en las redes sociales exhibiendo sus excesos y gastos exorbitantes que no alcanzan explicación alguna, aun ahora que el principio juarista dice guiar a la nueva clase política. Los servidores públicos no deben improvisar fortunas ni vivir en el ocio, sino consagrarse al trabajo y resignarse a vivir con la modesta retribución que la ley señala.
Los actores políticos saben, sin embargo, que el aceite que mueve a las maquinarias políticas hoy en día es el dinero. Ni los discursos en la plaza pública ni la ideología detrás de los gobernantes son suficientes. Hoy se busca que, frente a la desafección política, los políticos profesionales tengan y soporten estructuras de poder, aunque sus habitaciones conceptuales y hogar ideológico se encuentren vacíos. Por eso se prestan más a las historias de TikTok que al deber público.
El más reciente desaguisado del alcalde imitador de superhéroe da prueba de ello. Trata de heredar el cargo, gasta como nadie en medios y administra lo público cuando “se trata de una urgencia familiar” con un despliegue más de mafioso que de político, aunque él mismo se autodenomine empresario. Lo patético del caso será que ninguna autoridad le pondrá ni queja ni dedo encima porque se trata de un opositor amigo.
Levitsky y Ziblatt escribieron en 2018 Cómo mueren las democracias. Ahí anotan la importancia de las reglas no escritas que refuerzan la lógica institucional, por esos códigos de conducta ideados por los griegos, y ninguno como la autocontención de la que ya me he ocupado en otras ocasiones. Los políticos con responsabilidad ética se autosometen al autocontrol paciente, la moderación y la tolerancia. Conscientes de que todo el sistema depende, para su adecuado funcionamiento, de una élite política que sepa autogobernarse antes de querer administrar el poder.
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