Se entiende por diplomacia la habilidad para resolver conflictos sin el uso de armas ni de métodos violentos. Históricamente, el arte de la diplomacia es tan añejo como las primeras organizaciones de la humanidad y, probablemente, bajo otro nombre, siempre se utilizó para evitar conflictos. El método de la diplomacia se basa en la negociación, la persuasión y el compromiso.
Ahora, el tema de la negociación en el campo de la diplomacia es sencillo de explicar, pero no tan fácil de comprender. Pongamos el caso de la relación México-Estados Unidos. A todas luces, se trata de una relación asimétrica y, en términos de persuasión, se pueden decir muchas cosas contra Estados Unidos para cohesionar un punto de vista desde el lado histórico, incluso a partir de los agravios acumulados en nuestra contra, como parte de la argumentación para colocar una postura o incluso ganar tiempo. Bajo esta lógica, a México le conviene seguir utilizando el concepto de soberanía porque los agravios cometidos en nuestra contra han sido muchos y están enraizados en nuestra cultura. No obstante, en un plano más amplio, para Estados Unidos ni la intervención de 1846-1848, ni la anexión de territorio que anteriormente era nuestro (Tratado de Guadalupe Hidalgo, 1848), ni los muchos intentos de intromisión que ha habido a lo largo del S. XX les han costado a nuestros vecinos absolutamente ninguna consecuencia que haga que modifiquen su conducta hacia México. En ese sentido, el éxito de nuestra diplomacia ha estado en lograr ciertos compromisos que justamente hoy se ponen a revisión frente al locuaz presidente norteamericano.
En los meses previos se definió la estrategia norteamericana con toda claridad: se colocaron aranceles a diestra y siniestra en todo el mundo y, luego, con México se fueron atenuando, pero la herramienta ya mostró utilidad y seguirá siendo una amenaza rumbo a la revisión del tratado. Estados Unidos no utiliza una persuasión dialéctica; usa la principal herramienta del poderoso, que es la amenaza del uso de la fuerza. En ese sentido, la estrategia se va a desdoblar en la medida en que para Donald Trump sea necesario amenazar a sus socios y "amigos". En los últimos ocho años, México ha apoyado todas las decisiones impuestas por Estados Unidos en materia migratoria, combate al narcotráfico y, más recientemente, en la entrega de personajes vinculados con la delincuencia organizada. Bajo esta línea, la estrategia de Estados Unidos no se aparta del diseño planteado a inicios de este siglo y luego confirmado con el nuevo Tratado Monroe y, más recientemente, con un par de actas vinculadas con el narcotráfico y el terrorismo. Estados Unidos no está engañando a nadie: hace uso de la fuerza porque la tiene.
Ahora, la pregunta de fondo es: ¿cuál será la estrategia de México? El 90% de nuestras exportaciones van a Estados Unidos; las remesas de mexicanos en ese país constituyen la segunda fuente de ingresos para el nuestro. La economía que genera el narcotráfico para ambas naciones tiene una importancia sustancial en los procesos de blanqueo de capitales y en los vínculos entre el poder y la delincuencia organizada. Uno de los grandes problemas es el modelo fiscal: en el caso de ellos, todo el dinero que entra al círculo legal prácticamente queda fuera de toda duda y, por eso, cuando detienen a un capo, lo primero que hacen es incautarle las cuentas en aquel país. A ellos no les interesa combatir; les interesa el dinero que produce esta poderosa economía a nivel mundial.
Bajo este contexto, ¿qué tiene para jugar sobre la mesa México?, ¿qué es lo que más nos convendría a todos los mexicanos para convertir una escalada injerencista en un movimiento que impulse cambios trascendentales en nuestro país? La relación entre la delincuencia organizada y el poder público no es ninguna novedad; al menos en los últimos 60 años hay evidencia, historias y documentación de esta perniciosa connivencia.
El gobierno de Claudia Sheinbaum tiene una oportunidad quizá irrepetible para ejercer todo el poder político que tiene a su alrededor —que no es poco— e iniciar una limpia en todos los ámbitos de corrupción que, del poder en México estén involucrados con el binomio narcotráfico-corrupción. Si nuestro país opta por colocarse por encima de este oleaje turbulento provocado por las reacciones norteamericanas, podrá persuadir, en primer término, a los propios mexicanos de que este cambio va en serio. No se trata de cortar cabezas para exhibirlas en la plaza pública; se trata de desarticular redes de poder mafioso que tienen sometido al poder político.
Se trata de aprovechar el impulso no para doblegarnos frente a Estados Unidos, sino para renovar el pacto con el pueblo mexicano. Es un paso complicado, pero si la presidenta quiere trascender la crisis mítica del segundo año de gobierno, tiene que hacer algo distinto a lo de sus antecesores. Así, no solo será la primera presidenta; también será la líder que México necesita.
Síguenos en nuestras redes sociales:
Instagram: @eluniversaledomex, Facebook: El Universal Edomex y X: @Univ_Edomex

























