Durante las últimas semanas he participado en diferentes jornadas de reforestación a lo largo y ancho del Estado de México con nuestra gira “Un Voto, Un Árbol”. Y ahí confirmé una idea importantísima que también aplica a la política: no se trata solo de sembrar. Lo que realmente vale es que crezca. Así de fácil.
Una reforestación no se mide por lo que se planta en un solo día, sino por lo que sigue vivo años después. Ésa es la diferencia entre cumplir con una actividad o transformar un entorno. Sembrar es el primer paso; lograr que crezcan es el verdadero objetivo. Sólo así darán sombra, ayudarán a mejorar la calidad del aire, contribuirán a cuidar el agua y dejarán un beneficio para el futuro. Ahí es donde se sabe si el esfuerzo valió la pena.
Con la política pasa lo mismo. Es fácil anunciar un programa, inaugurar una obra o presentar una iniciativa. Lo difícil es darles seguimiento, corregir cuando hace falta y llevarlos hasta donde realmente cambien la vida de las personas. Los proyectos no valen por cómo empieza, sino por lo que consiguen.
Nos hemos acostumbrado a celebrar los comienzos. Aplaudimos una inauguración, un anuncio o una simple fotografía, cuando lo más importante viene después: los resultados. Éste debería ser el criterio para evaluar cualquier proyecto, cualquier responsabilidad pública y cualquier liderazgo.
Nadie recuerda cuántos árboles se sembraron en una jornada. Lo que todos recuerdan es el bosque que quedó. Así también deberían medirse las acciones públicas: por los resultados que dejan y por el cambio que logran en la vida de las personas.
Al final, los árboles hablan de quienes los sembraron. Los proyectos también.
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