En éste siglo nos hemos volcado constantemente a manifestar nuestras rutas sobre la inteligencia artificial, ideas que existen desde siglos atrás pero que hoy parece que nos confronta con la popularidad de ciertos motores generativos y todo el mundo lo habla y lo utiliza como el conector gramatical del lenguaje de la época, comodín amalgamador de cualquier enunciado y provocador de saturaciones que se han instalado como una legibilidad de la piel que envuelve cualquier enunciado de la época desde el arte a los mercados más comerciales y sin dejar de pasar por el área escolar y ahora eclesiástica y que desprende un tufo extendido que nos obliga, con la ironía de quien colecciona muletillas, a sumarlo a la lista de conectores lógicos
Mientras tanto, la encíclica papal y las declaraciones de Scorsese comparecen para tomar posición y conforman un ensamblaje abocado a domesticar la irrupción del artificio, replicando la sacudida que el primer cinematógrafo infligió a las buenas costumbres de la época. Ambos posicionamientos institucionales nos obligan a confrontar la creación artística asumiendo como una maquinaria consagrada a inyectar desequilibrios corporales continuos y esa exigencia choca de frente con la manera en que los circuitos especializados de la producción estética sucumben ante la seducción de las reacciones del presente y las polémicas efímeras, idolatrando el ruido superficial de la opinión masiva mientras posterga la tarea de rastrear las complejas redes materiales encargadas de vincular el código explícito de la máquina con su subtexto de dominación perceptiva.
Todo se reduce a factores estáticos de consagración argumental: el papa es bueno porque declaró la guerra y Marty Scorsese rompecorazones, aunque ese gesto sea afín a su trayectoria y esa inercia puramente descriptiva, centrada en validar la inmediatez del consumo, nos llega justo cuando el fallecimiento de Edgar Morin agudiza la urgencia de rescatar las rutas del pensamiento complejo, esas que hoy parecen desvanecerse tras la costumbre de tratar cualquier asunto como un simple conector gramatical abocado a valorizar el evento inmediato en lugar del repliegue reflexivo.
Esta fricción incesante entre la superficie legible y las latencias de los futuros tecnológicos demanda un conocimiento que explore simbiosis radicales con la máquina, asumiendo la inestabilidad como terreno fértil para nuevos saberes. Ello obliga a diagnosticar cómo estas arquitecturas despliegan su seducción visual para infiltrar fuerzas invisibles en nuestra experiencia, exigiéndonos forjar un horizonte donde el conocimiento sustituya el confort por la asimilación absoluta de la potencia desestabilizadora de todo artificio.
Habitar esa tensión exige imaginar una IA que se aparte de su rol complaciente como satisfactores de anhelos prefabricados y que nos provoque a saborear el mundo desde coordenadas completamente alejadas de la mera satisfacción de una posición personal frente al tema. Preguntarnos quién limita el apellidar todo con las siglas IA abre la posibilidad de trasladar la discusión más allá del forcejeo sintomático entre tuits y columnas de opinión, hacia un espacio donde el arte y el entretenimiento se piensen como un permanente desbalance que lejos de buscar el aplauso unánime y se atreva a construir posibilidades argumentales todavía inéditas, recordándonos que el cine rompió las costumbres precisamente porque se negó a ser un mero conector amable y prefirió ser una vibración espectral que todavía nos sacude.
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