Shiva Baby (Emma Seligman, 2020) pertenece a esa estirpe de películas que parecen un laboratorio que durante setenta minutos asfixiantes encierra a su protagonista en una casa de Brooklyn donde se celebra un velatorio y la entrega, atada de pies y manos, a un enjambre de ojos familiares que la inspeccionan como quien revisa una fruta dudosa. En esa cámara de ecos, Danielle trasciende el personaje para encarnar algo más vasto, una red de vidas posibles, una constelación de mujeres que aún podría ser, y la crueldad del rito consiste en obligarla a elegir una entre todas, o más bien a ser elegida por los otros.
Los rituales, bajo el pretexto de acompañar el duelo, lo administran, y este velatorio opera como un tribunal donde las preguntas de los parientes (”¿qué harás cuando te gradúes?”, “¿tienes novio?”, “¡estás muy delgada!”) caen con la cadencia de un interrogatorio judicial que busca clavar a Danielle en una casilla legible, la hija ejemplar, la futura esposa, la profesional con plan. Seligman arma el dispositivo con precisión de relojería, la lente larga convierte el espacio en una sopa de rostros, los primeros planos transforman cada mejilla que se acerca en un proyectil, y los violines de Ariel Marx, robados al thriller, traducen en chillido lo que la imagen sugiere a media voz, que el cuerpo está siendo escaneado, milímetro a milímetro, por el enjambre.
El encuentro con Max, el amante adinerado, organiza el primer entierro silencioso, pues hasta ese instante Danielle podía sostenerse en la ficción de mujer deseada que cobra por serlo, hasta que aparece Kim, la esposa rubia, brillante, una shiksa de manual contratada por su ansiedad, y la mirada de Max muta del amante al marido que apaga un incendio, mientras la de Kim, cortés y segura, le devuelve la imagen humillante de una chica a la que un bebé en brazos basta para deshacer. El reencuentro con Maya, la exnovia que estudia Derecho en Harvard, completa la masacre por contraste, su sola presencia entierra dos vidas al unísono, la pareja queer que pudo florecer y el éxito profesional, mientras los parientes anónimos y la mirada fundacional de Debbie, la madre, terminan de instalar dentro de Danielle un panóptico interiorizado, hasta que el espejo del baño le devuelve, ya por su propia mano, la condena que la tribu le enseñó a administrar sola.
Cuando el régimen de la mirada se ha extendido sobre toda biografía pensable, Seligman entrega una de las imágenes más bellas del cine reciente, la de Danielle y Maya en el asiento trasero del coche, agotadas de haber sido vistas durante horas, mientras sus dedos se buscan en la penumbra y se entrelazan en alianza muda que firma una tregua con la mirada del mundo. Ese apretón de manos elude toda casilla, incluida la cómoda de “novia de Maya”, y sostiene a la protagonista en su indeterminación, en ese estado bendito en el que una persona aún cabe en varias vidas a la vez, gesto que constituye, en una película saturada de veredictos, una herejía susurrada al espectador: la intimidad verdadera es ese rincón clandestino donde alguien nos toma la mano y acepta, por un instante, que somos varias mujeres a la vez, donde la luz que ha de definirnos aún vacila, piadosamente, antes de posarse.
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