En Flow se empieza con el reflejo que tiembla sobre la superficie del agua que evidencia el contenido de todo lo que provoca, porque el tiempo abandona su condición de flecha para volverse un remanso que se pliega en sí. Ahí habitamos la orfandad del suelo firme dónde el mañana flota a la deriva que choca entre las reliquias del pasado que sigue determinándonos como escombros. Piensa por nosotros lo que apenas alcanzamos a intuir: que el provenir como promesa se ha reemplazado por el inmediatismo del flujo, sustitución que es la dolencia de la época.
La gata negra recorre el paisaje que nos inunda con preguntas que prescinden de todas las respuestas y en sus ojos dorados se acumula la perplejidad de la criatura que ha sobrevivido al final sin ningún plan. Su pelaje absorbe toda la posibilidad de luz y ahí se late en paradoja: color del duelo, ausencias de reflejos que recortan con la mayor nitidez contra los celestes y dorados del apocalipsis. La pérdida adopta la forma de la silueta que nos obliga a mirar el paisaje que la rodea con la hondura del presente como la única coordenada de lo habitable, mirada que sostiene la pérdida.
Se habita en el silencio de cada fotograma como cicatriz que ilumina y lo humano permanece reducido a vestigios sumergidos, estatuas de gatos gigantes que custodian las ciudades que sólo visten peces. Mundo que los fantasmas materializaron y en el que surge la duda que nos deposita la mirada de la gatita ¿qué espectro la visita? Quizá el espectro del cuidado que se desvaneció, el mismo que le damos a nuestras compañías y que al morir ellos quedan flotando como interrogantes. ¿Quién cuidará de mí ahora que tú faltas? Respuesta en forma de comunidad improbable, alianza de náufragos que la corriente reunió sin democracia, futuro improvisado de emergencia.
Ciudades que operan en archivo material de promesas que dejaron de sostenerse a sí mismas, columnas y puentes que yacen bajo el agua como vértebras del cíclope dormido y construidos con la convicción de que el mañana continuará mejorando el ayer. Ella nada sobre los restos de la memoria hecha de instinto y su cuerpo esbelto corta el agua separando el pasado del presente continuo donde la única construcción posible es el flotar una hora más, aceptación radical de lo que hay despojado del peso de lo que fue.
La estructura circular constituye el hallazgo más radical, bucle suave que regresa sobre sí mismo como el remolino que se forma cada vez que alguien rema con demasiada fuerza. Los días se suceden sin calendario, el sol y la luna se alteran sin testigos que anoten su paso y lo que entendíamos por progreso se disuelve en iteraciones de gestos mínimos. La repetición se revela como la forma que adopta el tiempo cuando se libera de la obligación de conducir a alguna parte y si el espacio se plegara para acoger lo que verdaderamente importa.
Flow nos abraza con la pedagogía del flotar que se transmite de animal en animal mediante los cuidados más elementales: lamer el pelaje mojado, acercar un pez al hocico ajeno, sostener la cuerda con los dientes nos muestran la ética mínima que brota de la urgencia compartida y se sostiene en puro presente porque el futuro ha quedado debajo del agua, sumergido en las formas y caminos de la memoria y que ya no conducen a ninguna parte y sin embargo reaparece en el gesto de compartir el bote con extraños, decidir que nadie quede atrás y navegar con valentía al sin destino. El futuro se flota, y como dice la película sin decir una sola palabra, se aprende a remar con el miedo al agua todavía temblando en las patas.
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