Hay alumnos que pasan más tiempo pendientes del teléfono celular que de lo que explica el maestro. Revisan y mandan mensajes, ven redes sociales y videos, además de responder notificaciones sin atender a la clase. Cuando la o el maestro pide guardar el aparato, algunos reaccionan con molestia, cuestionan su autoridad e incluso lo increpan. Vaya, se ponen muy violentos. El argumento suele ser que necesitan el teléfono para consultar información. Pero una cosa es utilizar la tecnología como herramienta educativa y otra muy distinta convertirla en una distracción permanente. En bastantes salones, el celular recibe más atención que el maestro por parte de sus estudiantes.
¿Maestro sin autoridad?
Pero el problema va más allá. Los teléfonos son ahora instrumentos para nuevas formas de acoso escolar. Fotografías tomadas sin consentimiento, videos para ridiculizar compañeros o maestros, mensajes ofensivos y burlas difundidas en grupos digitales pueden convertir una agresión dentro de la escuela en una humillación pública que continúa fuera de ella. El llamado bullying virtual no necesita golpes ni insultos frente a frente. Basta una imagen, un mensaje o una publicación para afectar a una víctima. Y mientras, las y los profesores tienen dificultades para intervenir sin provocar confrontaciones con estudiantes o padres de familia, porque eso sí, son pocos las mamás y papás que reprenden a sus hijas o hijos.
Por eso es trascendental la decisión de regular el uso de dispositivos móviles en las escuelas mexicanas. El acuerdo 09/09/26 de la Secretaría de Educación Pública ya está en el Diario Oficial de la Federación desde el 22 de septiembre y su aplicación está prevista para el 3 de noviembre. En primaria y secundaria, la restricción será toda la jornada escolar, incluidos los recreos, con excepciones justificadas. En preparatoria, cada comunidad educativa establecerá las limitaciones correspondientes (esperemos que con el consenso de las y los maestros) mientras que las universidades conservarán su autonomía para definir sus reglas (ojalá también tomen las mejores decisiones). No se trata de prohibir la tecnología en todos los niveles, pero sí poner límites y que su uso no afecte el aprendizaje ni la convivencia.
De acuerdo con la SEP, 81 por ciento de los más de 565 mil docentes que participaron en una consulta nacional apoyó la creación de reglas para regular los dispositivos digitales. Es una señal de que el problema le pega y preocupa al magisterio nacional. Los profesores necesitan respaldo institucional para hacer cumplir las disposiciones.
Educar también significa poner límites
Los padres de familia tienen una responsabilidad que no pueden dejar solamente a las escuelas. Darle un celular a un hijo no significa concederle libertad absoluta para utilizarlo cuando quiera. Tampoco es aceptable no hacer caso al profesor cada vez que intenta establecer disciplina. La educación comienza en casa y continúa en el aula. Si se contradicen, el estudiante aprende que cualquier regla puede discutirse hasta conseguir que nadie la aplique.
La tecnología ofrece posibilidades extraordinarias para investigar, aprender y comunicarse. Nadie pretende regresar a una educación ajena al mundo digital. Pero hay otros dispositivos que pueden ser usados sin meter redes sociales, solo cuando sea el caso. Esto no puede ser una justificación para pasar toda la clase frente a una pantalla. Los estudiantes necesitan aprender a distinguir cuándo un dispositivo les ayuda realmente. Deben comprender que respetar al maestro y a sus compañeros forma parte de su educación.
Pero para aplicar las nuevas disposiciones, ¿quién respaldará a las y los profesores ante las inconformidades? ¿Qué protocolos existirán para atender a los estudiantes que incumplan las reglas? ¿Cómo se garantizará la comunicación en caso de emergencia? ¿Qué harán las autoridades frente al acoso digital? Son preguntas que necesitan respuestas claras. Pero en emergencias, la escuela debe tener listos teléfonos especiales. El celular puede ser una herramienta extraordinaria; lo que no puede es convertirse en el mandamás del salón de clases.
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