Cada Mundial tiene la capacidad de transformar el ambiente de las ciudades. Las conversaciones cambian de tono, las plazas se llenan de encuentros improvisados y los restaurantes se convierten en puntos de reunión donde las emociones encuentran refugio alrededor de una mesa.
Durante unas semanas, el mundo parece compartir una misma celebración. Pero mientras las miradas se dirigen hacia los grandes escenarios deportivos, existe un territorio en el corazón de México que guarda una riqueza capaz de cautivar a cualquier visitante mucho después de que termine la fiesta.
Ese territorio es el Estado de México, un mosaico gastronómico construido entre volcanes, bosques, valles, pueblos con historia y cocinas que han sabido conservar el sabor de su origen.
Desde Toluca y Metepec hasta Malinalco, Valle de Bravo, Ixtapan de la Sal, Tepotzotlán, Tenancingo, Amecameca, Ocuilan, Texcoco y los municipios del oriente mexiquense, cada región resguarda una parte de una historia culinaria que merece ocupar un lugar mucho más visible en el mapa nacional e internacional. Si existiera un campeonato mundial de sabores, el Estado de México competiría con una ventaja difícil de igualar: la autenticidad.
Aquí el maguey no es una tendencia pasajera, es paisaje, identidad y herencia, de él nace el pulque que durante siglos ha acompañado la vida comunitaria y también el mezcal mexiquense, una expresión cada vez más refinada de un territorio que comienza a descubrir el enorme valor de sus propios tesoros; los campos de maguey conviven con bosques que cada temporada de lluvias regalan hongos silvestres extraordinarios; con milpas donde sobreviven los quelites y el epazote; con tierras fértiles donde el xoconostle sigue aportando carácter a caldos y salsas; y con comunidades que mantienen viva una tradición alimentaria ancestral donde los insectos continúan siendo parte de una cocina profundamente ligada al territorio.
Junto a ellos aparecen algunos de los grandes símbolos gastronómicos mexiquenses: el obispo de Tenancingo, una joya charcutera única en México; la cecina de Tepexoxuca, cuya fama trasciende generaciones; la barbacoa que reúne familias enteras cada fin de semana; las truchas criadas en los bosques, manantiales y montañas del estado; los tamales preparados con recetas heredadas por generaciones; los moles festivos que acompañan celebraciones comunitarias; el guajolote presente en innumerables cocinas tradicionales; el chicharrón que aporta profundidad y textura a los guisos populares; y, por supuesto, el emblemático chorizo verde de Toluca, uno de los productos más representativos de la identidad culinaria estatal.
Son ingredientes y preparaciones que cuentan historias. Historias de productores, cocineras tradicionales, campesinos, artesanos, pulqueros, mezcaleros, comerciantes y restauranteros que han encontrado en la gastronomía una forma de preservar su cultura mientras generan oportunidades económicas para sus comunidades.
Pocas regiones del país poseen una combinación tan poderosa de riqueza natural, diversidad culinaria, patrimonio histórico y capacidad productiva.
Sin embargo, durante años la gastronomía ha sido vista como un atractivo complementario cuando en realidad constituye uno de los mayores activos culturales y económicos del Estado de México.
Porque hablar de gastronomía no es solamente hablar de restaurantes. Es hablar del campo, de la conservación de los bosques, de las cadenas de valor locales, del turismo, de la identidad, del arraigo. Es hablar de una herramienta capaz de generar desarrollo económico mientras protege conocimientos, tradiciones y paisajes que forman parte de nuestra memoria colectiva.
Quizá ha llegado el momento de entender que la gastronomía no puede seguir siendo únicamente un componente secundario dentro de la promoción turística, su dimensión económica, cultural, histórica y social exige estrategias especializadas, construidas junto a productores, cocineras tradicionales, restauranteros, investigadores y conocedores del territorio. Porque los grandes destinos gastronómicos del mundo no nacen por casualidad: son resultado de la visión, continuidad y trabajo colectivo.
Por ello, el verdadero reto no será únicamente aprovechar la visibilidad que pueda generar un evento global como el Mundial, el desafío será construir una narrativa de largo plazo capaz de posicionar al Estado de México como el extraordinario destino gastronómico que ya es.
Que quienes lleguen atraídos por la celebración descubran también los sabores de nuestros pueblos, los paisajes de la región de los volcanes, los magueyales del altiplano, los mercados tradicionales, las cocinas familiares y la hospitalidad que distingue a nuestra gente.
Porque el Mundial puede abrir una ventana de oportunidad, pero no debería ser el destino final.
Debería ser apenas el comienzo. El inicio de una historia en la que la gastronomía mexiquense ocupa finalmente el lugar que merece dentro de la conversación nacional e internacional. Una historia donde el visitante llegue atraído por una celebración global y regrese por el sabor de una barbacoa cocida lentamente, por una copa de mezcal mexiquense, por un plato de hongos de temporada, por una trucha de nuestros bosques, por una cecina inolvidable o por la calidez de una mesa compartida.
Cuando las celebraciones terminen y el mundo vuelva a su rutina, permanecerá aquello que verdaderamente importa: la capacidad de una cultura para compartir su identidad.
Y pocas identidades tienen tanto que ofrecer como la que se sirve todos los días en las mesas del Estado de México.
El Mundial traerá visitantes por unas semanas; la gastronomía mexiquense tiene el potencial de hacerlos volver durante generaciones.
Síguenos en nuestras redes sociales:
Instagram: @eluniversaledomex, Facebook: El Universal Edomex y X: @Univ_Edomex

























