Hay ciudades que esperan la llegada de octubre viendo cómo cambia el clima y sus tonalidades.
Toluca lo hace llenándose de color y tradición. Poco a poco aparecen el naranja del cempasúchil, el papel picado, las calaveras, las catrinas, los altares y esas pequeñas figuras de azúcar que durante generaciones han acompañado una de las formas más bonitas que tenemos los mexicanos de entender la muerte.
Porque aquí la muerte no llega vestida de negro; llega de colores, olores y sabores; entre flores, recuerdos, fotografías, veladoras y dulces.
Quizá por eso la Feria del Alfeñique representa mucho más que una fiesta o una temporada de actividades culturales.
La historia del alfeñique en Toluca tiene más de cuatro siglos, pero la tradicional feria, como celebración del Día de Muertos, comenzó en 1989 y desde entonces ha ido creciendo hasta convertirse en uno de los acontecimientos más representativos de Toluca.
Hoy es difícil imaginar octubre sin los Portales llenos de calaveritas, borreguitos, frutas, ataúdes y figuras hechas de azúcar.
Y eso tiene un enorme valor.
Porque detrás de cada pieza no existe solamente un dulce, hay toda una herencia de conocimientos transmitidos de generación en generación, familias enteras que han conservado técnicas y recetas, y personas que durante semanas trabajan para que una costumbre que comenzó hace siglos continúe encontrando un lugar en nuestros altares.
Y junto con ese valor cultural existe también un importante impacto económico. Tan solo en 2025, la Feria registró más de cuatro millones de asistentes y una derrama económica superior a mil 751 millones de pesos, beneficiando a artesanos, comerciantes, restaurantes, hoteles, transportistas y prestadores de servicios. La tradición también mueve la economía de la ciudad y permite que muchas familias encuentren en ella una fuente de trabajo e ingresos.
A veces pensamos que preservar una tradición significa mantenerla exactamente como era hace décadas y no necesariamente. Las tradiciones viven porque son capaces de adaptarse, de encontrar nuevas generaciones y nuevas maneras de ser compartidas.
Por eso está bien que hoy la Feria tenga conciertos, exposiciones, recorridos, actividades artísticas y espectáculos; pero lo importante es no olvidar de dónde viene todo, porque el Alfeñique no nació para llenar escenarios; nació para llenar altares.
Y ahí es donde está su verdadera belleza.
Los mexicanos tenemos una relación muy particular con la muerte, la nombramos, la dibujamos, escribimos versos sobre ella, hacemos calaveritas con nuestros nombres y, cuando llegan estos días, preparamos la mesa para quienes ya no están.
Ponemos su fotografía y cocinamos aquello que les gustaba. Encendemos una vela y llenamos el altar de flores.
Volvemos a contar sus historias para recordarlos y durante unas horas nos permitimos imaginar que regresan a casa para abrazarnos el alma.
En México, no ocultamos la muerte: la adornamos y le ponemos azúcar.
Y en Toluca hasta le hacen una feria.
Tal vez por eso estas semanas tienen algo especial, la ciudad se transforma. Los Portales recuperan aromas, colores y sabores que muchas personas reconocen desde la infancia y el naranja comienza a apoderarse de plazas, negocios y calles anunciando que se acercan esos días en los que México vuelve a encontrarse con sus muertos.
En 2025, el dulce de alfeñique fue reconocido como Patrimonio Cultural Inmaterial del Estado de México y más que reconocer un producto, se reconoció una tradición, una técnica y una parte importante de la identidad toluqueña.
La Feria podrá seguir creciendo, incorporando artistas y reuniendo cada año a más visitantes y qué bueno que sea así; pero su verdadera grandeza seguirá estando en otro lugar: en las manos de quienes continúan moldeando azúcar y en las familias que siguen llevando una calaverita a casa para colocarla junto a una fotografía o a un recuerdo.
Porque mientras exista alguien dispuesto a conservar esta tradición, el Alfeñique seguirá siendo mucho más que una feria.
Será memoria.
Será identidad.
Será una ciudad entera que, cada octubre, se viste de colores para recibir dulcemente a la muerte.
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