Hablar del año 2197 parece algo fuera de la realidad, como si habláramos de una película de ciencia ficción, pero no lo es. Según ONU Mujeres, es el año al que tendríamos que llegar para alcanzar la verdadera igualdad entre hombres y mujeres en el mundo si es que seguimos avanzando al ritmo que llevamos; es decir, aún faltan dos siglos más y muchas generaciones más. Mujeres que todavía no nacen esperando derechos por los que nosotras llevamos años luchando.
En los últimos cinco años disminuyó la proporción de parlamentarias en 54 países y también cayó la presencia de mujeres en cargos ministeriales.
Pero hay algo que me preocupa todavía más: llegar no necesariamente significa decidir.
México ha avanzado mucho en ello y debemos reconocerlo, pues gracias a ello, la paridad constitucional cambió las reglas de la política mexicana y derribó las puertas que habían permanecido cerradas por décadas.
Hoy las mujeres gobernamos, legislamos, administramos instituciones y participamos en decisiones públicas; pero quienes hemos tenido la oportunidad de trabajar dentro de la administración pública sabemos que una cosa es ocupar una silla en la mesa y otra muy distinta participar en las decisiones que se toman alrededor de ella.
Es decir, ya no basta con preguntarnos cuántas mujeres llegaron. Hoy tenemos que preguntarnos qué responsabilidades ejercen, qué presupuesto administran, qué equipos encabezan, qué decisiones pueden tomar.
Y eso es justamente lo que muestra el informe de ONU Mujeres: la desigualdad que aún prevalece en la distribución del poder; es decir, las mujeres siguen teniendo mayor presencia al frente de cargos relacionados con igualdad, familia, infancia y cuidados, mientras que los hombres continúan predominando en áreas estratégicas como Finanzas y Defensa Nacional.
Y con eso no quiero decir que cuidar, educar o atender las políticas sociales sean responsabilidades menores, todo lo contrario; durante demasiado tiempo fueron minimizadas precisamente porque se consideraron tareas femeninas.
Por ello, lo que cuestiono es ¿por qué seguimos suponiendo que estos deben ser nuestros espacios naturales?, es decir, las mujeres podemos cuidar, pero también sabemos gobernar; podemos educar, pero también administrar presupuestos; podemos conducir políticas sociales y también tomar decisiones económicas, políticas y estratégicas.
Hemos conseguido grandes y profundas transformaciones institucionales en materia de paridad y representación; sin embargo, cuando bajamos al ámbito municipal —donde la política tiene nombre, rostro y territorio— encontramos que la distancia todavía es enorme.
De acuerdo con el Censo Nacional de Gobiernos Municipales y Demarcaciones Territoriales 2025 del INEGI, al cierre de 2024 solamente 605 de las 2 mil 433 presidencias municipales y alcaldías reportadas estaban encabezadas por mujeres, es decir, solo el 24.9%.
Y para mí este dato tiene un significado especial, porque soy mujer y quiero que más mujeres ocupen espacios importantes de toma de decisiones.
He trabajado cerca de las comunidades y conozco lo que significa gobernar desde el territorio, en donde no existen políticas públicas abstractas: existe la mujer que necesita agua, la familia que pide una escuela, la comunidad que necesita un camino y las jóvenes que buscan oportunidades.
También debemos atrevernos a discutir un tema incómodo: Cumplir matemáticamente con la paridad no debería convertir a las mujeres en instrumentos para conservar espacios de poder de grupos políticos o familiares, es decir, tener determinado apellido no invalida la trayectoria de ninguna mujer, pero la representación femenina debe significar también autonomía política, experiencia y conocimientos.
No luchamos tantos años para cambiar únicamente el nombre escrito en una candidatura.
Y esta discusión llega justo cuando México ha iniciado el proceso electoral rumbo al 2027, en donde se renovarán las 500 diputaciones federales y al mismo tiempo se jugarán 17 gubernaturas, congresos locales, ayuntamientos y otros cargos de elección popular.
Entonces es momento de ver más allá y claro que habrá que contar cuántas mujeres son candidatas, pero también habrá que observar dónde son postuladas, qué trayectorias tienen, qué espacios encabezará y, eventualmente, cuánto poder real tendrán para transformar aquello que les corresponda gobernar.
Porque la paridad fue una conquista, pero la igualdad sustantiva es el siguiente paso y no debemos esperar hasta el año 2197.
No quiero que la igualdad sea una promesa que heredamos de generación en generación a mujeres que todavía no han nacido. La quiero para quienes estamos aquí, para las nuevas generaciones de mujeres y para las jóvenes que hoy comienzan a participar y que tienen derecho a imaginar su futuro sin preguntarse hasta dónde les permitirán llegar.
México ya abrió muchas puertas. Ahora tenemos que asegurarnos de que detrás de ellas también haya presupuesto, atribuciones, autonomía y capacidad de decisión.
Porque después de tantos años luchando por llegar al poder, quizá llegó el momento de preguntarnos: cuando una mujer llega al poder, ¿realmente tiene poder?”.
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