No sé mucho de fútbol. Apenas conozco las reglas, identificó a pocos jugadores y, siendo sincera, difícilmente podría sostener una conversación profunda sobre el tema. Pero estoy aprendiendo y le pongo entusiasmo, sobre todo porque a uno de mis hijos le apasiona.
Estoy segura de que no soy la única mujer a la que le pasa. Millones de mexicanas tenemos una relación circunstancial con el fútbol: aparece cada cuatro años, se mete en las conversaciones, ocupa las sobremesas y, de pronto, todos parecen tener una opinión experta que compartir.
Sin embargo, este mundial es diferente para mí.
Desde aquella primera Copa Mundial de la FIFA, celebrada en Uruguay en 1930, nadie imaginaba que ese torneo terminaría convirtiéndose en uno de los mayores fenómenos culturales, económicos y mediáticos del planeta. Cuarenta años después, en 1970, México fue sede por primera vez y quedó grabado en la memoria de generaciones. Más tarde, en 1986, volvimos a recibir a jugadores y aficionados de todo el mundo, dejando momentos históricos que aún viven en la conversación colectiva.
Uno de los más icónicos fue la famosa "mano de Dios" y, apenas unos minutos después, aquel segundo gol de Maradona contra Inglaterra, considerado por muchos como uno de los mejores en la historia de los mundiales. Recorrió más de media cancha y quedó para siempre en la memoria del fútbol.
Hoy, cuarenta años después de México 86, nuestro país vuelve al escenario mundial. El Mundial de 2026 será histórico porque, por primera vez, será organizado por tres países de manera simultánea: México, Estados Unidos y Canadá. Una decisión que responde a razones logísticas, económicas y de infraestructura, pues nunca antes un torneo de esta magnitud había requerido tantos estadios, aeropuertos, hoteles y conexiones internacionales.
Pero también deja una pregunta inevitable: ¿quién será el verdadero anfitrión?
Estados Unidos concentra la mayor cantidad de partidos, los estadios más modernos y una enorme capacidad económica. Canadá aporta organización e infraestructura de primer nivel. México, en cambio, aporta algo que no puede comprarse: tradición futbolera.
Aquí el fútbol no es solamente un deporte; es identidad, conversación cotidiana y emoción colectiva. Pocos países viven este juego con la intensidad con la que lo hacemos los mexicanos. Por eso, la inauguración no pudo haber tenido mejor sede que nuestro territorio.
La ceremonia inaugural promete ser una celebración de nuestra cultura y nuestras raíces; una oportunidad para mostrarle al mundo quiénes somos. Pero más allá de la producción, las luces o los artistas invitados, la verdadera emoción está en volver a ver a México en el centro de la conversación global, porque eso es lo que provoca un mundial: durante algunas semanas, el mundo parece mirar hacia el mismo lugar.
Estamos a unos días de dejar de hablar únicamente de política y economía para empezar a discutir alineaciones, selecciones favoritas, quinielas y resultados imposibles. Incluso quienes no seguimos el fútbol terminaremos participando, aunque sea por convivencia, porque en México cualquier lugar es bueno para hablar del tema: una comida familiar, una reunión de trabajo o la fila del supermercado.
Pero no todo es entusiasmo. Este mundial también carga con la fama de ser uno de los más caros para los aficionados. Los boletos, el hospedaje y los traslados convierten la experiencia presencial en un privilegio reservado para unos cuantos. Será el mundial de quienes puedan pagarlo, o de quienes tengan la fortuna de ganar un boleto en alguna rifa o sorteo. Para muchos más, la fiesta se vivirá desde una pantalla, aunque eso no impedirá que la pasión encuentre su propio punto de reunión.
Ahí aparecerá otro fenómeno muy mexicano: el consumo mundialista. Cada Copa del Mundo dispara la venta de televisores, camisetas, botanas, bebidas, paquetes turísticos y toda clase de productos relacionados con el torneo. El fútbol mueve emociones, sí, pero también mueve miles de millones de pesos y genera una derrama económica importante para distintos sectores. Para México será una fiesta deportiva, pero también uno de los negocios más rentables del mundo.
Quizá por eso genera tanta expectativa. Porque durante unas semanas millones de personas estarán pendientes de un balón rodando en una cancha; porque se construirán recuerdos que pasarán de una generación a otra; porque no todos los días, un país tiene la oportunidad de ser anfitrión de uno de los eventos más importantes del planeta. Y porque, siendo realistas, muchos de nosotros no volveremos a vivir algo así.
México se convertirá en el primer país en albergar tres Copas del Mundo varoniles, una marca histórica difícil de repetir. Para quienes crecimos escuchando historias de 1970 y 1986, esta será la primera vez que podremos decir: yo viví un mundial en México.
Tal vez no conozca todas las estadísticas ni los nombres de las grandes figuras que llegarán al país, pero sí entiendo algo: pocas veces una emoción colectiva logra unir a millones de personas alrededor de una misma conversación.
No sé nada de fútbol, pero vivirlo en México cambia por completo el escenario.
Y sí, ya estoy emocionada por vivir mi primer mundial en casa, en México, el verdadero anfitrión.
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